domingo, 25 de noviembre de 2012

Philip Roth y Imre Kertész dejan de escribir

Philip Roth

Philip Roth se retira

El escritor asegura en una entrevista con una revista que 'Nemesis' será su último libro

"Hice lo mejor que pude con lo que tuve", añade el autor

 /  Washington / Madrid 9 NOV 2012 - 21:57 CET


Imagen del escritor Philip Roth posando en su casa en Warren Conn. / DOUGLAS HEALEY  (AP)
Philip Roth, centauro de las letras estadounidenses, el penúltimo de una estirpe de novelistas que definió el siglo XX, dice adiós. Se retira de la literatura. El anuncio fue hecho hace más de dos semanas por el propio autor a la revista francesa Les Inrockuptibles. ¿Una boutade de creador? No desde que ayer fuera confirmado el extremo por Lori Glazer, vicepresidenta de la editorial Hougton Mifflin. “Se acabó. Némesis ha sido mi último libro”, declaró Philip Roth en una entrevista que  extractó en la web estadounidense Salon.
A los 79 años, el autor confiesa que es consciente de que se le acaba el tiempo, por lo que ya solo relee sus novelas favoritas. Lo mismo que hace con sus libros, pero en inverso orden cronológico al que fueron creados. “Quería saber si había perdido el tiempo escribiendo”, explica en la entrevista. “La verdad”, reconoce, “es que creo que he sido exitoso”. El escritor recurre entonces al boxeador Joe Louis y su célebre cita: “hizo su trabajo lo mejor que pudo con lo que tuvo”. “Eso es exactamente lo que diría de mi trabajo”.
“He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes”, confiesa el gran novelista. Roth, a quien se le escapa el Nobel cada año, fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, pero no pudo recogerlo el mes pasado en Oviedo por estar recuperándose de una intervención quirúrgica.
Irreverente, dedicado a retratar la vida de los judíos estadounidenses —en ocasiones de manera casi autobiográfica—, Roth ha publicado 31 novelas en las que ha escudriñado con maestría el alma humana y le han convertido en el máximo exponente de la herencia de la gran literatura de su país, siguiendo la estela de Fitzgerald, Hemingway o Saul Bellow.
Nacido en Newark (Nueva Jersey) el 19 de marzo de 1933, en el seno de una familia de origen judío emigrada de Ucrania, Roth publicó su primer libro, Adiós, Columbus (1959), poco después de haber cumplido los 26 años, “por ambición, para ver si podía hacerlo y por un deseo de hacerlo tan bien como pudiera”. Desde entonces, y a pesar de que en anteriores ocasiones manifestó su deseo de abandonar la escritura, ha dado títulos tan importantes como Pastoral americana (1997), novela con la que se llevó el premio Pulitzer y que precedería a Me casé con un comunista (2000) y La mancha humana (2001), que conformaron una laureada trilogía sobre la historia reciente de Estados Unidos.
Roth es de los últimos grandes escritores estadounidenses vivos junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Richard Ford, tras la muerte de John Updike en 2009. Durante este siglo, cada año se ha esperado un libro suyo. Y la calidad del resultado ha sido una montaña rusa que ha terminado en lo más alto con Némesis (2011), donde aborda el problema de la culpa, con una historia desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial. Una profusión de libros en una “incansable labor de derrotar al tiempo”, en la descripción del crítico José María Guelbenzu. Excelentes, muy buenas, buenas o regulares, el nivel más bajo de las obras de Roth es  más alto que el de la gran mayoría de los escritores.
Si a los autores les suele rondar la idea de que siempre hacen variaciones de la misma obra, en Roth algunas de sus últimas novelas giran alrededor de un hombre mayor que ha sido más o menos exitoso profesionalmente, hasta que se derrumba, se deprime o se decepciona de la vida y del mundo, pero que se topa con el amor, la pasión o el deseo sexual por una mujer que emerge como aparente salvadora. Una bifurcación de sensaciones y sentimientos con una presencia fuerte: la muerte.
Profesor universitario que dejó la docencia para dedicarse a la escritura, Roth es padre de criaturas memorables de la historia de la literatura contemporánea, como Nathan Zuckerman y David Kepesh.

Bibliografía 

de un gran novelista

Némesis (2011)
La humillación (2010)
El juicio de la historia: Escritos 1920-1939 (2009)
Engaño (2009)
Indignación (2009)
Lecturas de mí mismo (2008)
Nuestra pandilla (2008)
Los hechos (2008)
Sale el espectro (2007)
El profesor del deseo (2007)
Deudas y dolores (2007)
Elegía (2006)
La conjura contra América (2005)
Patrimonio. Una historia verdadera (2003)
El oficio: Un escritor, sus colegas y sus obras (2003)
El animal moribundo (2002)
La mancha humana (2000)
Me casé con un comunista (1998)
Pastoral americana (1997)
El teatro de Sabbath (1997)
Operación Shylock (1996)
Decepción (1990)
La contravida (1987)
La lección de anatomía (1983)
Zuckerman (1981)
Zuckerman encadenado (1981)
El escritor fantasma (1979)
Mi vida como hombre (1975)
La gran novela americana (1974)
El pecho (1972)
El lamento de Portnoy (1969)
Cuando ella era buena (1967)
Huida (1962)
Goodbye, Columbus (1960)

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352486711_132306.html




foton
El Nobel húngaro Imre Kertész. / SANTOS CIRILO (EL PAÍS)


Imre Kertész abandona la escritura


El premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész ha anunciado que dejará de escribir al dar por zanjado el tema principal de su obra, el Holocausto nazi




El escritor Imre Kertész. / SANTOS CIRILO
"Ya no quisiera escribir. La obra que está tan relacionada con el Holocausto ha concluido para mí", ha explicado Imre Kertész, premio Nobel de Literatura y autor de obras como Sin destino, recoge hoy el portal informativo index.hu.
El escritor, de 83 años, superviviente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, y residente en Berlín, asegura que en Alemania le comprenden mejor que en Hungría.
"El destino es inescrutable", ha confesado en una entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, al indicar que es justo en Alemania donde ahora se preserva su legado.
El escritor húngaro se refería a la inauguración mañana en Berlín de un archivo con los manuscritos de sus obras, como Sin destino, Kaddish por el hijo no nacido o Fiasco, entre muchos otros documentos.
Kertész se convirtió en 2002 en el primer escritor húngaro galardonado con el Premio Nobel de Literatura, por sus novelas y ensayos en los que ha plasmado la experiencia del Holocausto.
Sin destino, que es su obra más conocida, es ay un clásico de las letras contemporáneas. Es una memoria que recoge las voces y testimonios de las víctimas de los campos de concentración. el libor ha sido llevado el cine por el húngaro Lajos Koltai.
Imre Kertész acaba de publicar Cartas a Eva Haldinmann (Acantilado, donde edita la mayoría de su obra). El libro recoge la correspondencia con su traductora y crítica literaria. Veinte años de correspondencia en la que se describe el trabajo y las dificultades del escritor.

Carta de 1977 sobre 'Sin destino'

Del libro Cartas a Eva Haldimann (Acantilado)
Budapest, 2 de junio de 1977
Estimada Eva Haldimann:
Le estoy sumamente agradecido por su carta. En efecto, las revistas no se han interesado por Sin destino. La causa de ello—aparte de eine gewisse Unsicherheit [cierta inseguridad]—es probablemente la cultura literaria interna que impera aquí. No se ha fabricado aún la caja en la que me embutirán con el tiempo. No obstante, los diarios han hablado de la novela, aunque lógicamente no ha aparecido una información tan inteligente y sustancial como la de usted.
Por cierto, me topé con su artículo porque alguien lo mencionó en la piscina. Por otra persona me enteré de la fecha en que se publicó. Y por último un amigo de Londres me envió el recorte del periódico. Por fortuna puedo leer en alemán.
¿Viene a veces de visita a Budapest? De ser así, le ruego no perdamos la oportunidad de conocernos personalmente. Mi número de teléfono es: 161-382.
Cordialmente,
imre kertész

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/14/actualidad/1352890272_104361.html




Autoridad moral contra la barbarie

Tras la decisión de Philip Roth de dejar la escritura, el Nobel húngaro de 2002 anuncia que tampoco publicará más

Siempre rechazó que lo encasillaran en la 'literatura del Holocausto'



El Nobel húngaro Imre Kertész. / SANTOS CIRILO (EL PAÍS)
Durante cuarenta años de escritura solitaria, los años documentados en su Diario de la galera (Acantilado, 2003), encerrado en un piso de 28 metros cuadrados, Imre Kertész trató de penetrar “el telón de acero que separa la formulación de la experiencia”. El paso por el campo de concentración, novelado en Sin destino, constituyó solo la gran toma de conciencia. De hecho, no podía escribir novelas sobre el Holocausto, repitió Kertész una y otra vez; Sin destino, la primera parte de la tetralogía del hombre sin destino, no era un libro sobre Auschwitz. El premio Nobel húngaro ha reaccionado siempre con cautela ante el encasillamiento de su obra en la literatura del Holocausto, para que laindustria del Holocausto no despache como anécdota histórica lo que él considera un código existencial. Auschwitz no se acaba en Auschwitz. Se prolonga en el totalitarismo que, a su vez, fue su condición previa. Para él, como escritor, el reto consiste en encontrar formulaciones para la existencia humana. “El campo de concentración solo puede imaginarse como texto literario, no como realidad. (Ni siquiera cuando lo experimentamos; quizá sea entonces cuando menos lo experimentamos como realidad)”.
La punzante lucidez de Kertész, de todos modos, implica una categoría moral: “No es siempre fácil vivir en plena posesión de sí mismo”. Sobre este conocimiento se asienta la autoridad moral de una mente refrescantemente independiente que no duda en calificar de “bomba fétida moral” la célebre frase de Adorno sobre la barbaridad de escribir poesía después de Auschwitz. Contrapone a ella otras muchas que amplían y matizan la afirmación de Adorno. “Después de Auschwitz resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana. […] La verdad ya no es universal. Es un hecho grave, pero hay que ser consciente de él. Responder de nosotros mismos: es lo más difícil, y siempre lo ha sido”.
Preciso y escueto, Kertész publica en 1975, tras dos décadas de gestación, la que es probablemente su obra más importante, Sin destino(Acantilado, 2001), la grotesca y no por ello menos veraz historia de un dócil muchacho judío, cuya chocante ingenuidad le permite sobrevivir al campo de concentración, asumiendo voluntariamente la lógica asesina de los nazis.
Köves vuelve a casa y se convierte en escritor, pero sólo para ver prolongada su anterior existencia carcelaria en la dictadura estalinista;Fiasco (Acantilado, 2003) describe otra vuelta de tuerca del destino de Köves, quien rechazada su novela sobre los lager, es ahora carcelero en una prisión militar y comprende que solo el azar —la oportunidad de abandonarse a los instintos violentos— distingue la víctima del verdugo. Quince años después de la primera y fugaz publicación de Sin destino,Kertész continúa la trilogía del hombre sin destino con Kaddish para un hijo no nacido (Acantilado, 2001), el monólogo de un superviviente del holocausto que se niega a perpetuar con la paternidad el sistema de valores autoritarios que ha hecho posible Auschwitz. Y finalmente la cierra con Liquidación, una novela sobre el derrumbe moral de una generación de disidentes húngaros que, con el cambio del sistema, perdieron el norte.
“La literatura se encamina hacia sí misma, hacia su propia esencia, que consiste en su desaparición”, afirmaba Maurice Blanchot, y Kertész probablemente no discreparía de él, al juzgar por su larga y lúcida autoentrevista Dossier K (El Acantilado, 2007). En ella, el escritor húngaro se encamina hacia sí mismo y penetra en los orígenes y el devenir de su literatura de forma tan sutil que parece fundirse con ella. Una de las cualidades inapreciables de la escritura de Kertész ha consistido en mostrar lo borroso de la línea divisoria entre hechos y ficción, entre autor y personaje, conduciendo al lector de lo circunstancial —el horror del campo de concentración, el régimen carcelario de la dictadura comunista— a lo universal: la anuladora realidad psicológica que instauran los totalitarismos. Este es su inapreciable legado, siga escribiendo a sus 83 años o no.
* Cecilia Dreymüller es crítica literaria y traductora.
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/14/actualidad/1352923506_727873.html



Cuando los escritores 

se jubilan

Por:  21 de noviembre de 2012
7759371446_e4e73dc75f_z
Foto: Manel
"Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación." Juan Carlos Onetti.
Voy a ser breve ¿Puede un escritor jubilarse? ¿Le está permitido? Cuando era adolescente y quería ser escritor, o mejor dicho quería escribir simplemente, leí esa frase de Juan Carlos Onetti y me sentí condenado a ese placer y vicio. Asumí entonces que esa condena era perpetua, que no podría escaparme de ella. Por más que hay meses enteros, o años, en que no he escrito, sé que siempre estará esperándome el libro que hay dentro de mí. No tengo prisa. Escribo para mí. Para mi placer.
La noticia de la jubilación literaria de Philip Roth me ha dejado muy confundido. No el que decidiera dejar de escribir, algo que es comprensible -cómo no aceptarlo con precedentes como el de Arthur Rimbaud o J.D. Salinger, para buscar uno más cercano a Roth-, ni el que hubiese tomado esa decisión cuando estaba aún en plena forma literaria (son muy pocos los autores que llegan a esa edad, con una obra extraordinaria, y siguen aportando a esa obra libros como Némesis); lo que me sorprende es que parece feliz.
En los últimos años, he leído entrevistas de un Roth cansado, torturado por los fantasmas de la vejez y la muerte, que no parecían quedarse quietos pese a que los exorcizaba obsesivamente en sus libros. Pero la última entrevista que he leido suya, hace unos días, en The New York Times, no deja lugar a dudas. Roth ha vuelto a ser un hombre alegre, vital, divertido, sin el malhumor que arrastraba antes. Dice que se ha comprado un iPhone, que está colaborando con su biógrafo "pese a que la paga no es buena", que ha vuelto a releer a los autores norteamericanos clásicos y a los contemporáneos (e incluso su propia obra, aunque esta terminase por aburrirlo) y que está, además, redactando un texto a cuatro manos con la hija de 8 años de una ex novia suya.
¿Y cómo le volvió esa vitalidad a un hombre que parecía acabado para todo, menos para publicar una estupenda novela al año? Simplemente, aceptó jubilarse. Por la forma en que habla en esa entrevista, Roth es un jubilado entusiasta, un burócrata que escapó de su prisión en un edificio de oficinas en Connecticut después de 50 años de servicio, con un reloj de oro y todo el futuro por delante. 
Pienso en Onetti y en su frase. ¿Habrá sabido él que se podía escapar de esa condena? Todo este tiempo pensé que las puertas de la prisión estaban clausuradas, y resulta que estaban completamente abiertas. Para poder salir solo basta, según Roth, colocar un post-it en la máquina de escribir o computadora con la frase: "The struggle with writing is over" ("la lucha de la escritura ha terminado") y no dejar de echarle un vistazo cada día. Listo. Tan fácil como eso.
¿Y ahora qué? 

http://blogs.elpais.com/vano-oficio/2012/11/cuando-los-escritores-se-jubilan.html



No tengo nada más que decir

Philip Roth e Imre Kertesz se retiran de la literatura casi al unísono y por razones similares

¿Cuánto hay de fatiga? ¿Y de impostura?

 23 NOV 2012 - 19:33 CET



César Vallejo, el poeta peruano, escribió: “Quiero escribir, pero me sale espuma, /quiero decir muchísimo y me atollo”. Era una impostura, en realidad, una manera de empezar el poema, una forma de posponer lo que quería decir. Luego continúa, en efecto, y no precisamente diciendo espuma: “No hay cifra hablada que no sea suma, / no hay pirámide escrita, sin cogollo. / Quiero escribir, pero me siento puma…”.
Los escritores, desde Homero a Philip Roth, que ahora ha dicho que se atora, o a Imre Kertész, que ha declarado que ya se quedó sin tema, han tenido ante la página en blanco la misma sensación: no les va a salir. Algunos salen a la terraza o a tomar café; otros fuman, como si en la voluta estuviera la forma del poema o la solución ardientemente buscada al crucigrama de nombres propios que se le han envuelto con el argumento del libro. Francisco Umbfral lo resumía: “El puto folio”. Pero Umbral, como la mayor parte de los periodistas, o de los escritores de periódicos, tienen encima una espada que no pueden ignorar: el cierre, “el puto cierre”. El novelista, el autor de libros, puede posponer la entrega, ponga lo que ponga el contrato, pero el periodista tiene ahí, abierta, una hendidura, y le toca cerrarla, tenga inspiración o esté tieso de asunto.
A veces los escritores, como el César Vallejo de aquel poema tan humano, utilizan la referencia a su dificultad para hallar asunto como parte de su preparación para sacarlo a relucir. Un casi tocayo de Vallejo, el colombiano Fernando Vallejo, decía con ironía a este cronista: “Pero, demonios, por qué escribe ese poema si le sale espuma. ¡Que espere un rato!”. Pablo Neruda, que también se refería a veces a sus imposibilidades para decir lo que sentía antes de decir lo que de veras sentía, escribió ese verso famoso: “Quiero escribir los versos más tristes esta noche…”. De nuevo Vallejo, Fernando: “¡Pues escríbalo, deje de decir que puede hacerlo, pues hágalo!”.
En realidad, César Vallejo quería escribir y escribió: estaba haciendo dedos, que es lo que los escritores hacen mientras van viniéndoles las ideas de lo que han pensado en el paseo, en la ducha o en la duermevela. Hay escritores que tienen al lado de donde duermen un cuaderno en el que quisieran apuntar los sueños más espléndidos de su literatura dormida. Y hay autores o artistas que opinan, como Cela o como Picasso, que la inspiración no existe sino que los tiene que hallar trabajando. Mario Vargas Llosa, que acaba de recibir en México el Premio Carlos Fuentes, era como el colega que da nombre al último galardón que recibe: Vargas se levanta muy temprano, corre, trota o camina, y al regreso a casa ya tiene dispuesta la vida para que nadie interrumpa su relación con la escritura, por lo cual Juan Carlos Onetti decía que el autor de La ciudad y los perros estaba casado con la literatura mientras que él mismo se llevaba con ella como un amante a la que visitaba en medio del desvarío del deseo.

Muchos autores confiesan hartazgo de materiales literarios
Los escritores son como cualquiera, eso está claro, y en esa relación que a la vez es necesidad de decir y necesidad de estar tienen también sus pájaras, sus momentos de duda, de extravío, de cansancio y de punto final. Ahora les ha pasado, parece, a dos grandes de la literatura mundial, Philip Roth, siempre en las listas de los aspirantes a Nobel, y ganador del último Premio Príncipe de Asturias, e Imre Kertesz, que ganó el Nobel en 2002. Casi al unísono, y por razones similares, uno y otro dijeron adiós a todo esto. Adiós a los libros, sobre todo, pero también adiós a las promociones, a las entrevistas, a los contratos, a la relación con los editores… Adiós, sobre todo, adiós. La escritura es una especie de esclavitud hermosa, pues te permite ser el rey del mundo, creando universos que antes no existieron; persigue a las escrituras como la expresión dulce de la inmortalidad y es, como decía José Saramago y como dice Julio Llamazares, una mano contra el tiempo: permite creer que el tiempo no existe, que se prolonga.
Roth ha dicho que ya tiene 79 años, y se le acaba el tiempo, por lo que ya solo relee sus libros favoritos… Los que han leído más en profundidad sus declaraciones (que aparecieron primero en un periódico francés y finalmente fueron precisadas por él en una larga, y divertida, entrevista que le dio a Charles McGrath, de The New York Times), saben que en realidad el escritor norteamericano está jugando… a que se le ocurra algo. Antonio Muñoz Molina escribió aquí, el último sábado en Babelia, una confesión de lector: “Ahora Philip Roth dice que se retira, casi a los 79 años, que no escribirá más novelas, que ni siquiera hablará de ellas. Cómo no estar cansado a esa edad, después de tantos años de un trabajo tan asiduo, tan inmenso, tan incierto. Yo solo quisiera que alguna vez, ya sin prisa, sin la urgencia de escribir una novela, la Gran Novela, la Gran Novela Americana, Philip Roth se deje llevar por un aire de inspiración, por la libertad y la desvergüenza y la liviandad casi póstumas de algunos grandes viejos, y nos vuelva a contar una historia verdadera y perfecta”.
“Yo no creo que un escritor deje voluntariamente de escribir”, opina Muñoz Molina. “En la escritura de ficción los procesos son demasiado inconscientes como para que uno, si es honrado, pueda decidir algo. Es como si uno decidiera que no va a ponerse malo, o que no se va a enamorar más. O al contrario. Tú qué sabes. Lo quiera o no, un escritor está esperando siempre un libro, una historia. Las circunstancias exteriores pueden acelerar el proceso, o pueden frustrarlo, pero el impulso sin el cual el libro no llegará a existir no depende de uno mismo”.
Porque lo que le sucedía a Roth, y el novelista lo advirtió, así como lo advirtió Muñoz Molina, su atento lector, era fatiga de materiales. En el caso de escritores, pero también de otros artistas, del cine, de la música, del teatro o de la danza, comentaba el autor de Pura alegría, “extenuada o perdida la inspiración, queda el amaneramiento y el exhibicionismo de la técnica”. En eso había caído, o estaba a punto de caer, Philip Roth, aunque él diga que es tiempo lo que se le acaba. En esta entrevista con McGrath lo que se advierte, porque el novelista lo dice, es que lo que tiene es tiempo, que utiliza para aprender a usar teléfonos de última generación o para hacer exactamente lo que le da la gana.

Muñoz Molina: “Sin inspiración queda el exhibicionismo de la técnica”
El caso del Nobel Kertèsz, de 83 años, es francamente distinto. Acabado su soliloquio terrible con el pasado, que dio de sí libros tan extraordinarios como Sin destino, en el que él es un joven en manos de los nazis de uno de los campos de concentración a los que fue confinado este húngaro de mirada ingenua y de timidez irremediable, Kertèsz, que ha publicado en España su obra en El acantilado, ha declarado que ni tiene que ver (ya) nada con Hungría, que es su patria, los campos de concentración ya no son asunto de su memoria inmediata, que durante años fue la memoria de la guerra. Y como no tiene qué decir, deja su legado a Berlín, donde se ha sentido siempre como en su verdadera casa y abandona la escritura. Deja de escribir, ni siquiera le sale espuma.
¿Le ha pasado a usted, Fernando Vallejo?, le preguntamos al escritor colombiano, que muchas veces dijo que jamás volvería a escribir una línea. “Sí, me ha pasado varias veces; y he prometido no escribir un libro más después del libro en el que estaba cuando hice la promesa. Es la única promesa que he incumplido en la vida. Pero lo grave no es que yo haya dejado de escribir, porque yo nunca me he considerado escritor, eso es secundario en mí. Lo grave es que haya dejado de leer. Porque los libros desde mi infancia me habían llenado la existencia. Ahora que no leo quedé completamente vacío”.
¿Y cómo siente usted esta declaración de Roth, a la que siguió Kertèsz? “Pues lo mismo es que ya no tiene más que decir, a lo mejor. Uno tiene que escribir cuando tiene algo que decir. Cuando ya lo ha dicho, para qué sigue. Como no le doy importancia a los libros míos, y es una especie de cansancio o desilusión saber que lo que uno escribe está condenado al olvido y que desaparece incluso antes de que uno se muere, los libros entonces son muy fugaces. Más que las vidas de los hombres”.
Dice Roth que ya no siente nada, que no siente ni siquiera la pulsión de escribir. Se acabó. ¿Qué significa para usted ponerse a escribir? “Llenar el tiempo vacío y molestar a los tartufos”. ¿Y leer? “Antes me daban algo los libros, los de literatura y los de ciencia. Ya no me dan nada. Ya no quiero saber nada más. Lo que quería saber ya lo sé, y me tiene sin cuidado lo que me cuenten los demás. Yo tengo más que contar que ellos”.

“Es mucho mejor el silencio que la mediocridad”, dice Fernando Vallejo
—Ya que lo dice, Vallejo, ¿de todo lo que sabemos qué no ha sabido explicar?
—Nunca he encontrado el secreto de la música, entendiendo por música la de Mozart, Gluck, Debussy, José Alfredo Jiménez y Franco Canaro, el argentino, el sol del sur, el otro es el sol del norte. Y otras cosas que no podré entender porque la cabeza del hombre no da para tanto. Para entender por ejemplo la luz, la gravedad, o cómo las neuronas del cerebro producen el alma.
—¿No le parece un poco pretencioso que los escritores se hagan noticia cuando escriben y también cuando ya no lo hacen?
—¡Y por qué! ¡De repente alguno descubre las palabras mágicas que hagan volar esto!

Caballero Bonald: “Dije que dejaría de escribir. Pero, ¿y si te viene un poema?”
No es para tanto, volverán a escribir, pero tienen derecho a dejar de hacerlo. Lo insinúa Ángeles Mastretta, novelista mexicana. “Creo que Roth y Kertèsz tienen todo el derecho a no querer escribir. No creo que para ellos haya sido un placer escribir. Sin duda fue la búsqueda de un alivio que tal vez consiguieron ya. Sin embargo, seguro que van a seguir escribiendo. Por lo menos cartas. Y si están cansados y quieren ponerse a ver el horizonte o la tele, hacen bien en hacerlo. Han dado tanto que es una barbaridad preguntarse por qué se detienen”.
La autora de Arráncame la vida no ha tenido la tentación de no escribir. “Tampoco la certeza de no volver a hacerlo. Escribo por gusto. Y porque es lo que puedo hacer. También porque necesito contar lo que veo y porque me urge hablar con otros. Si me dijeran que tengo que elegir entre no volver a ver el mar y no volver a escribir, creo que elegiría no volver a escribir. La muerte de los otros es el único dolor inexorable. Dejar de escribir tiene remedios. Por fortuna a nadie le va a interesar pedirme que deje de hacer una cosa o la otra, pero estamos en el absurdo”.
Le hice las mismas preguntas al colombiano Héctor Abad Faciolince, que a veces pasa por épocas de pájara, como decimos en España, o de pálida, como dicen en Medellín, su pueblo. Dice el autor de El olvido que seremos: “Alguna vez Machado dijo que si uno no puede escribir bien, lo mejor es no escribir, porque lo verdaderamente abominable es escribir mal. Hay un libro clásico sobre el bloqueo del escritor, o sobre el bloqueo general con el lenguaje, es Una carta, de Hugo von Hoffmansthal: el protagonista, lord Chandos, siente que ha perdido la facultad de hablar o de escribir con coherencia sobre cualquier cosa. Rulfo dejó de escribir después de Pedro Páramo aunque siguió anunciando para el año siguiente una nueva novela: La cordillera. El caso opuesto es el de Fernando Vallejo, que lleva unos seis libros diciendo que ese es su último libro. En mi caso, si yo fuera capaz de verdad de renunciar para siempre a escribir, creo que sería un gran descanso. Pero tengo que llegar a una edad y a una situación más respetables para poder tomar esa decisión. Por ahora seguiré escribiendo, pero si sale mal, que es como me sale últimamente, no pienso publicar, porque es mucho mejor el silencio que la mediocridad”.
Juan Villoro, el autor mexicano de La casa pierde, trata de explicarse “el enigma de por qué un autor deja de escribir”. En el caso de Roth y Kertèsz “no se trata de una interrupción trágica, sino de una misión cumplida. Muchas veces he pensado que se me puede acabar la gasolina o que, sencillamente, me vencerá el agotamiento. Tal vez escribo en distintos géneros por la superstición de que al menos conservaré uno y la certeza de que en mi caso nunca podrá darse por cumplida”.
José Manuel Caballero Bonald dijo en público en 2004 (ahora tiene 86 años) que dejaba de escribir, después de haber publicado Manual de infractores, su diatriba poética contra la herencia de Aznar. Volvió a hacerlo, y ahora mismo publicará otra vez (en Seix Barral) textos literarios recopilados… “Dije que dejaría de escribir, claro, ¿pero qué haces si te viene un poema?”. A él le vino un largo poema autobiográfico y no se resistió. “Cuando lo dije no tenía ni ganas ni tiempo, y luego volvieron. Un poema viene o no viene, no tiene en cuenta tus declaraciones”. Ahora bien, dice, “claro que habría que guardar silencio de vez en cuando, también los jóvenes que escriben y escriben sin parar”.
César Vallejo dijo que le salía espuma al escribir. Siguió diciendo: “Quiero laurearme, pero me encebollo. / No hay voz hablada, que no llegue a bruma, / no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. / Vámonos, pues, por eso, a comer yerba, / carne de llanto, fruta de gemido, / nuestra alma melancólica en conserva. / Vámonos! Vámonos! Estoy herido; / vámonos a beber lo ya bebido, / vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva”.
Probablemente, dirán algunos, entre ellos Fernando Vallejo, tenía razón el autor de Poemas humanos: quería escribir y le salió espuma.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/11/23/actualidad/1353695606_097233.html


No hay comentarios:

Publicar un comentario