domingo, 16 de octubre de 2005

Enrique Vila-Matas / Un clima de anonimato

John  Banville
Poster de T.A.


Un clima de anonimato

Enrique Vila-Matas
16 de octubre de 2005

1
Siento una curiosa alegría al entrar en el supermercado paquistaní después de haber estado fuera de Barcelona unos días. Aunque parezca extraño, es como si el supermercado, situado muy cerca de casa, fuera una rara prolongación del hogar. De pronto comparo esa alegría con la que, por ejemplo, puede uno encontrar dando vueltas sobre sí mismo en una terminal de aeropuerto. Al descubrir que ambas alegrías podrían estar conectadas entre ellas, me animo y termino dando vueltas sobre mí mismo en pleno supermercado. El cajero, viéndome dar esas vueltas alegres en la muy iluminada zona de los refrescos, ha sonreído.
Unas horas después, escucho en la radio noticias sobre un terremoto en Cachemira, Pakistán. Adiós a la alegría. Vuelvo al supermercado que es la prolongación de mi casa y pregunto al cajero por la familia que dejó allí en su tierra. "Todos están bien", me dice con una renovada sonrisa, y me aclara que ellos no son de Cachemira. Retorno a una cierta alegría. Por un momento pienso en el clima de anonimato en el que viven los paquistaníes que no son de Cachemira y también en el anonimato de los muertos de Cachemira. La verdad es que aprecio a la gente de este supermercado paquistaní, les prefiero a muchos autóctonos del barrio.


2
Contrapunto, un breve libro de Don DeLillo, indaga en la geografía mental de cuatro solitarios cuyas soledades parecen conectadas. El primero de los solitarios es el atávico Atanarjuat corriendo desnudo para escapar de sus perseguidores y salvar su vida. El segundo es el pianista Glenn Gould que, ante la incomodidad que sentía cuando estaba ante un público cualquiera, se refugió en la tecnología y el estudio de grabación buscando un clima de anonimato. El tercero es el escritor Thomas Bernhard aislado en su mundo obsesivo de literatura pura y dura, y el cuarto y último es Thelonious Monk, que se retiró misteriosamente y no volvió a actuar en los seis años que transcurrieron hasta su muerte en 1982.
Cuatro seres que se atrincheraron frente al mundo. Bernhard, por ejemplo, escribió sobre Gould y dijo que compartía con él un deseo muy fuerte de blindarse. Se sentía, como Gould, un fanático de ponerle barreras al mundo. ¿Y qué decir de Monk? Se quedó inmóvil ante el piano en un club de Boston presionando las teclas, sin sonido, durante muchísimo tiempo y logrando que incluso sus más fieles seguidores acabaran abandonando el escenario, pues "estaba oyendo algo que ellos no oían". Es más, al final de sus días Monk dormía debajo del escenario en el que tocaba todas las noches.
Contrapunto contiene la demostración de que el arte de asociar ideas y soledades creativas es un arte muy alto, de gran futuro, todavía no muy explorado, pero visible ya, por ejemplo, en el gran John Banville, que ha ganado con The sea el importante Booker Prize, un galardón cada vez más sensato y menos pintoresco y pinteriano que el Nobel.
Con el Booker los teletipos hablan de sorpresa porque se esperaba que ganaran Julian Barnes o Kazuo Ishiguro. No me explico esa sorpresa si no es porque Banville vive en un cierto clima de anonimato, fuera de los focos, y además es un escritor demasiado inteligente. A mí me parece que John Banville, el autor de Eclipse y de Imposturas, es el mejor narrador actual en lengua inglesa.
3
Como suelo inventar citas, voy a inventarme una de Judit Mascó: "¡Qué rabia no ser Víctor Hugo".
4
Siguen desenterrando cadáveres en Cachemira en un clima desesperado. Las cifras de fallecidos van aumentando y forman parte de los titulares de los periódicos. Antes los muertos no se contaban -"los muertos no se cuentan", decía Bartolomé Soler, novelista catalán hoy olvidado, perdido él también en un clima de anonimato absoluto- o se contaban con cifras redondas, recuérdese aquel "millón de muertos" de José María Gironella. Ahora hay una obsesión por encontrar la cifra idónea y a la larga siempre imperfecta, pues yo sé que, por ejemplo, hay accidentados que huyen moribundos y mueren lejos muchos años después. En el momento de escribir esto hay cifras oficiales y oficiosas. Bailan números. Y esto no ha acabado todavía, por supuesto. La cifra de muertos de la historia de la humanidad será infinita o no será.
5
La nación, vista como una noción más de anonimato.
6
Llamo a la biblioteca de Palma de Mallorca donde trabaja José Carlos Llop. En mi viaje relámpago a Nantes he descubierto que su novela Háblame del tercer hombre ha recibido una notable acogida crítica en Francia. Elogiosas reseñas en Le Monde, Le Figaro, La Matricule des Anges, Sud Ouest, Lire, y lo que está por llegar. Lo más curioso de todo es que la novela de Llop en España está ya descatalogada (o sea, ya no existe), y eso que hace sólo tres años que fue publicada por Muchnik-El Aleph Editores.
Un ángulo más de la crisis editorial de los empresarios amantes del Santo Grial.
Llamo a Llop y le pregunto si está al corriente de su buena onda francesa. Está sobradamente informado y me comenta su desconcierto ante el notable desfase entre la recepción francesa de su libro y la desaparición española, en un clima total de anonimato, de Háblame del tercer hombre. Quien quiera comprar esa novela debe ahora buscarla en francés, en la editorial de Jacqueline Chambon. Cosas que pasan. En España. Eso me trae el recuerdo de Valle-Inclán, para el que no parece pasar el tiempo: "El perro: guau, guau. El gato: miau, miau. El loro: ¡viva España!".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 2005

sábado, 8 de octubre de 2005

Tennessee Williams / Ocho mujeres poseídas


Tennessee Williams
OCHO MUJERES POSEÍDAS

Mujeres sin frustración


 José María Guelbenzu
8 de octubre de 2005
Los personajes femeninos vuelven a dominar la escena en los seis relatos de Tennessee Williams reunidos en Ocho mortales poseídas. Madres castradoras, obsesiones sexuales o atisbos de locura flotan en el aire de estas historias en las que el genial dramaturgo toma una distancia redentora y añade humor sureño, cierta alegría, sutileza y sarcasmo.

Más que ocho mortales poseídas habría que hablar de ocho mujeres desubicadas. Son los ocho personajes femeninos de seis relatos que componen este libro del famoso dramaturgo norteamericano Tennessee Williams (Misisipi, 1911-Nueva York, 1983) a quien el lector -y el cinéfilo, pues la mayor parte de sus mejores dramas han pasado con éxito al cine- recordará como autor de Un tranvía llamado Deseo (Premio Pulitzer, en 1948), La rosa tatuada, Verano y humo, Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc caliente (con el que ganó su segundo Pulitzer, en 1955), El zoo de cristal, La noche de la Iguana, Vieux Carré (que transcurre en Nueva Orleans) y De repente el último verano,entre otras obras.

OCHO MORTALES POSEÍDAS

Tennessee Williams
Traducción de
Pilar Giralt Gorina
Alba. Barcelona, 2005
140 páginas. 15,50 euros

Williams era un hombre atormentado y conflictivo, con un terrible drama familiar (abuelo clérigo, madre posesiva, padre ausente, hermana esquizofrénica cuya lobotomización le afectó de por vida) y todo ello se refleja en sus dramas; la madre, en la Amanda de El zoo de cristal, lo mismo que la hermana; la lobotomía en De repente el último verano... Williams es un autor compulsivamente autobiográfico que se desdobla en escenas y personajes suyos ("Blanche du Bois, c'est moi"), un hombre adicto a pastillas y alcohol, homosexual confeso y promiscuo, un escritor compulsivo y genial y un hombre del Sur, de ese Sur que ha aportado tantas obras maestras a la literatura norteamericana.


Las ocho mujeres desubicadas de este volumen son todas ellas típicas de Williams: entre ellas reparte las características habituales de sus personajes: la locura, las mujeres maduras o ya ajadas, la obsesión por el sexo, la sensualidad reprimida, la madre castradora o dominada, el padre dominante... pero hay una diferencia con respecto a la mayoría de sus protagonistas femeninas: la visión que de las ocho mujeres tiene Williams, es divertida, humorística, de una distancia redentora; también sarcástica y dura, pero con una extraña alegría en el relato de sus momentos de vida que, cosa rara en él, las entroniza y redime a todas.

Es un humor malicioso, casi morboso, con un punto exhibicionista que lo acerca a ese peculiar tratamiento de lo grotesco que se da tan a menudo en los escritores sureños y que aquí está excelentemente representado en Completada,la historia de Rosemary McCool, una muchacha que al cumplir los veinte años aún no ha tenido su primera menstruación. Y hay otro tratamiento de lo grotesco en la historia de la disparatada principesa Lisabetta, ambientada, como su novela La primavera romana de la señora Stone, en Italia.
El relato titulado La señorita Coynte de Greene es un texto casi jubiloso en el que se diría que Williams ha decidido conceder la felicidad a uno de sus personajes característicos, "una soltera erótica, no frígida, de casi treinta años..." que, en su primer acto de insumisión, acaba entrando en posesión de un dinero que le permitirá cumplir sus deseos. La apertura del volumen, a cargo de dos solteronas igualmente características que se aman y detestan con un equilibrio admirable, es un prodigio de humor y sutileza, de estilo noble y vulgar cotidianeidad perfectamente ensamblados. En cuanto al relato de la poeta que desea conocer antes de morir los artículos necrológicos que se le dedicarán, es otra versión de la imagen permanente de la mujer madura y castigada por sus propios excesos, empezando por el exceso de ego, que bien podría remitirnos al personaje femenino de la actriz decadente de Verano y humo. Sólo que en este relato prima la ironía y, como los demás, se incorpora a esa visión de un Tennessee Williams liberando a sus personajes-fetiche femeninos de la pesada carga de la frustración.

El último de los relatos de este libro Orifllama, es en cambio una ensoñación de la muerte, pero de la muerte que actúa como un catalizador de liberación y que hace pasar los deseos al plano de la satisfacción. "Todo era lo mismo: enfermedad, fatiga y todos los males del cuerpo y del espíritu procedían de la natural anarquía de un corazón obligado a llevar uniforme"; abre el armario de sus viejos vestidos, abre la puerta de la casa, abre la vida, compra un vestido de seda de noche para caminar por la calle; y se siente, caminando, ella misma por fin: "¡caminaba, caminaba, envuelta en un glorioso estandarte, la parte roja de una bandera!". Una ensoñación de felicidad pegada a sus deseos, a sus frustraciones, a la necesidad de mirar el mundo de dentro a fuera de sí misma.

En su última obra de teatro, The two charaters' play, dos hermanos, hombre y mujer, ya maduros, cansados, con la vida a cuestas, hablan. Un final soñado y deseado, sin duda. ¿Tennessee y su hermana Rose, a la que adoraba, quizá? Williams fue un personaje dolorido, atormentado, excesivo, autodestructivo... en pos de la vida y del arte. Estos relatos me parecen su cara alegre, un rincón para recordarlo tiernamente.

Sergio Pitol / El día en que el misterio se convirtió en disparate


Carlos Monsiváis y Sergio Pitol

Sergio Pitol
BIOGRAFÍA

El día en que el misterio se convirtió en disparate



CARLOS MONSIVAIS
8 OCT 2005

"Uno es una suma mermada
por infinitas restas" (S. P.)

En su primera etapa narrativa, Pitol maneja la contención y la desesperanza en relatos tensos, de escenarios asfixiantes donde los personajes vagan o se arraigan entre penumbras y regocijos estéticos. (En sus relatos la carencia de propósitos vitales puede interrumpirse gracias a La flauta mágica). En paisajes asiáticos, en vísperas de la ida a Bomarzo o entre pasiones ya sólo avivadas por el rencor, los personajes de Pitol privilegian el secreto sobre la revelación, la respuesta del arte sobre las incitaciones del egoísmo y la desesperanza. Si existe algo similar a "la pesadilla serena", uno de sus ámbitos naturales se halla en estos textos de Pitol. Y en El tañido de una flauta, el mejor libro de esta etapa, la voluntad de desastre es un propósito de enmienda: "¿Cómo que a mí ni me pasa nada?".
La trilogía carnavalesca (El desfile del amor, de 1984, Domar a la divina garza, de 1988, y La vida conyugal, de 1991) entroniza la sátira y da fe de la conversión del misterio en disparate (al revés del empeño de numerosos teólogos). Mitad novela policiaca, mitad recreación de una época, El desfile del amor es una suerte de conga donde el paso tan chévere de un asesinato es el punto de partida no para descubrir a los asesinos sino a los asesinables, los simpatizantes del nazismo y los freaks locales que en un departamento del edificio falsamente gótico juegan a ser criaturas de la alta sociedad internacional, tal y como la recrea un novelista policial (Eric Ambler, digamos) o un autor satírico (Evelyn Waugh, el arquetipo).

Domar a la divina garza: Vencer el asco a nombre del mal gusto

Pitol varía su horizonte temático atenido a su obsesión: sin la presencia o el hálito de lo "anormal", la normalidad no tiene sentido, se vuelve tan informe que resulta grotesca. (Algo semejante a "todas las familias son infelices, pero no todas hallan en ello la raíz de su felicidad"). Domar a la divina garza es la historia de un pobre diablo, Dante C. de la Estrella, pícaro y fariseo, ligado a Maritsa Koprovitza, suma sacerdotisa de un culto coprofílico, que surge de las entrañas de la tierra mexicana al amparo de los devotos del Santo Niño del Agro. (Advierte William James en Las variedades de la experiencia religiosa: "Las funciones más simples de la vida fisiológica pueden producir emociones religiosas"). De la Estrella, histórico y denunciatorio, le refiere su horrible estadía en Estambul a la familia Millares, que lo oye con repulsión y entrega hipnótica.

La vida conyugal: Detrás de toda boda de oro o plata hay un arsenal de odios que bostezan o conspiran

Jacqueline Cascorro y Nicolás Lobato son la pareja perfecta. Viven para destruirse y ya se sabe que ninguna unión es tan sólida como la del asesino premeditado y su víctima huidiza. "En tu ausencia de hoy perdí algún muerto", podría decirle Jacqueline a Nicolás. Ella se sacrifica por amor a la venganza, y se aterra ante el deterioro y el humor involuntario del hombre que detesta y que salvó su vida a costa del naufragio de su odiadora. Sin el delirio coral de El desfile del amor y sin la celebración del auto excremental de Domar a la divina garza,esta novela acerca al secreto de los orígenes: las parejas perduran por la esperanza de cada uno de sobrevivir al ser odiado.

El arte de la fuga

El arte de la fuga, conjunto de crónicas, relatos, diarios, memorias, se evade de las ataduras del sedentarismo y el nomadismo, y emprende la travesía donde las ideas son formas de vida y son reminiscencias, las predilecciones se vuelven presagios, y las amistades resultan, entre otras cosas, el festejo común de la excentricidad. En El arte de la fuga se viaja a través de lecturas -de Tabucchi a los cómics mexicanos, de Faulkner a Thomas Mann-, de ciudades, películas, cuadros y grabados, de recuerdos dolorosos, hipnosis y sueños. El resultado combina la densidad cultural y el vigor autobiográfico: "Mi relación con la literatura, que ha sido visceral, excesiva y aun salvaje".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005
EL PAÍS



FICCIONES


Sergio Pitol / Espiral de cuento

Sergio Pitol
Ilustración de Martin Elfman


Sergio Pitol

BIOGRAFÍA

Espiral de cuento


E. DOBRY
8 OCT 2005
FRENTE A la poética del cuento como línea recta o como círculo cerrado, Pitol prefiere la espiral, la curva de perpetua excentricidad: en sus relatos la lógica es menos importante que la cadente divagación, el desarrollo de una trama menos verosímil que su llegar hasta cierto punto y negarse a avanzar (como le suele suceder a sus personajes). A Pitol no le preocupa la relojería narrativa sino la música de una evocación o, incluso, el ruido que rodea a la música. En sus cuentos hay siempre, tendida por debajo, una segunda trama, explícitamente literaria: escritores que viven la euforia o la desgracia de sus propios argumentos o que deliberadamente contaminan la ficción con su reflejo en otra ficción. Pitol juega a representarse en su propio cuadro, como observador observado, en una reelaboración del procedimiento cervantino de los espejos enfrentados. Un juego que afecta incluso a los géneros: no casualmente este volumen se cierra con 'El oscuro hermano gemelo', una superposición -no una mera fusión- de ensayo y relato, a partir de la relectura de Tonio Kröger de Thomas Mann. La prosa de Pitol está más cerca del campo magnético que de la corriente: las partículas se adhieren a su progreso según un plan oscuro. Es curioso que, mientras sus novelas se ambientan casi siempre en México, sus cuentos suelen tener escenario europeo. Y que mientras en las novelas el vínculo marital, en todas sus formas y deformidades, ocupa el escenario, en los cuentos aparece la soledad, la búsqueda de una máscara creíble, la literatura como territorio parecido al de la nacionalidad: una patria que lo exige todo sin prometer nada. Por otra parte, la Europa de Pitol no es la clásica del escritor americano que busca en el Viejo Mundo alguna respuesta a los demonios que carga: no es sólo Roma o París sino también Varsovia -muchas veces Varsovia, ciudad central y periférica a la vez-. O un pueblo de Ibiza, o un hotel en la falda del Tibidabo, los lugares más propensos a la angustia de (la carencia de) una identidad. Los escenarios europeos de Pitol son lugares que pasan de lo inquietante a lo letal, desdibujados por los vahos del alcohol. Las mismas catorce piezas que, de sus ocho volúmenes de cuentos, el autor eligió para esta antología parecen seguir conversando entre sí, conspirando en un murmullo, incluso cuando el lector ha cerrado el libro.
Los mejores cuentos. Sergio Pitol. Prólogo de Enrique Vila-Matas. Anagrama. Barcelona, 2005. 243 páginas. 15 euros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005


Sergio Pitol / “La novela es un género que lo acepta todo”


Sergio Pitol: “La novela es un género que lo acepta todo”

El escritor habla sobre su gusto por mezclar géneros literarios, su atracción por los autores raros y de la política mexicana

Carlos Monsiváis
8 de octubre de 2005

Narrador, traductor y diplomático, el escritor veracruzano publica El mago de Viena (Pre-Textos) y Los mejores cuentos (Anagrama). En esta conversación con su compatriota Carlos Monsiváis , el autor de El arte de la fuga habla de su gusto por mezclar géneros literarios, de su atracción por los autores raros y de la política mexicana, en vísperas de las elecciones del próximo año.






Sergio Pitol.
Sergio Pitol. CRISTÓBAL MANUEL

El mago de Viena, la recopilación de ensayos, notas y breves fabulaciones es, en la obra de Sergio Pitol, otra muestra del género acuñado o perfeccionado por él, que combina el ensayo o la crónica con la irrupción de relato brevísimo y viñetas de ironía y asombro. En esa línea se encuentran El arte de la fuga y El viaje, contribuciones de primer orden de Pitol a la decisión "posmoderna" de no creer en géneros literarios sino en textos donde el recuerdo personalísimo, en apariencia ajeno al tema del ensayo o la crónica, a fin de cuentas resulta ser un testimonio indispensable y el aviso de un género. No obstante su diversidad de asuntos, El mago de Viena es un libro orgánico cuya unidad deriva del entusiasmo por la literatura y por el ars combinatoria donde un goce o una decepción conduce a otros similares y en donde nada es más decepcionante que la descripción textual. Así, Faulkner lleva a Buñuel, Thomas Bernhard a Roberto Bolaño, el gran actor polaco Joseph Tura (de To be or not to be, el prodigio satírico de Ernst Lubitsch) a las nuevas sensibilidades literarias. De esto converso con Sergio Pitol.

CARLOS MONSIVÁIS. Entre otros textos, El mago de Vienacontiene la síntesis de la novela del mismo título, que narra la conspiración que localiza herederas amnésicas y las pone a la disposición de gigolós internacionales, de nacionalidad estrictamente priápica. A la red siniestra lo mismo pertenecen futbolistas que políticos, figuras de sociedad que financieros. Es sólo una sinopsis. Me gustaría leer la novela en su jubilosa integridad, y debo resignarme a enterarme de algo. ¿Por qué esa invención de tramas que al apenas bosquejarse frustran al lector?
SERGIO PITOL. El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias. Pero al ordenarlos en un índice me pareció muy fastidioso. Comencé a retocarlos, buscar una estructura narrativa, hacer de esos materiales algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes.
C. M. Nadie como Pitol en la tarea de desenmascarar a sus personajes. Recuerdo ahora lo que me refirió Margo Glantz de un viaje que hicieron a Cadaqués: Sergio la convenció de que dos dulces viejecitas que administraban un hotel eran una pareja de monjas húngaras que habían huido del convento por el temor a amanecer un día convertidas en santas. Y en ese mismo viaje Pitol concluyó del trajín de los meseros de un restaurante decadente su pertenencia a una organización secreta que a la medianoche le rendía homenajes poéticos a la comida indigerible, la que le preparaban a los clientes ya tan perdidamente adictos que se quedaban a vivir en Cadaqués para siempre. Evocado lo anterior, pregunta: ¿qué son para ti los excéntricos?





"En mis años en Polonia y la URSS ser raro era un camino a la libertad"

S. P. En mis libros abundan los excéntricos, quizás en demasía, pero es natural. Recuerda, Carlos, nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos. Nuestro amigo Luis Prieto, el rey de los excéntricos, nos condujo a ese mundo. Hablábamos un lenguaje que poca gente entendía. Y en mis largos años en Europa, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética, mi mundo era ése. Las dictaduras, la opresión, los producían; ser raro era un camino a la libertad. La Inglaterra e Irlanda victorianas produjeron un ejército de ellos; quizás por eso tienen una literatura espléndida, Sterne, Swift, Wilde y sus sucesores. Cuando viví en Barcelona, a final de los sesenta y los setenta, me movía en círculos literarios que rozaban la excentricidad, el juego, ahora cuando los veo son otros, normales, almidonados, convencionales, salvo Cristina Fernández Cubas y Enrique Vila-Matas. En Madrid, Álvaro Pombo es un excéntrico genial.
C. M. ¿Hasta qué grado la mezcla de ensayo y narración en tus textos es una aproximación a la idea de la novela como un género habitado por los personajes que ocurren al lado de los Cuatro Jinetes de tu Apocalipsis: la solemnidad, el decoro de vena académica y cubículo, el respeto al respeto y la vanguardia a cómo dé lugar?
S. P. La novela es un género que acepta todo. En el Quijote hay discursos de diversas clases. Uno, el de Las letras y las armas, otro, las lecciones del Quijote a Sancho Panza antes de salir a gobernar la ínsula Barataria son de teoría del Estado, y también el discurso a los cabreros sobre un mundo desaparecido de felicidad, arrasado por los intereses mezquinos del poder y del dinero, es una versión de La Ciudad del Sol, de Campanella, la utopía más importante del Renacimiento. En el siglo XX, La montaña mágica y, sobre todo, el Doctor Fausto,de Thomas Mann, y Los sonámbulos, de Hermann Broch, son novelas prodigiosas en las que el ensayo interviene en su estructura de forma espectacular. Pero es raro que un ensayista al escribir un texto incorpore elementos narrativos, con tramas y personajes novelescos. Puede haberlos, pero yo no recuerdo más que a Magris y Sebald. Como mis ensayos eran bastante aburridos y tristones, comencé a interpolar una que otra pequeña trama, un sueño, unos juegos y varios personajes.
C. M. ¿Qué significa hoy para ti el cuento, un género apreciado por los lectores y minimizado por la crítica?
S. P. Me inicié con el cuento y durante quince años seguí escribiéndolos. En el cuento hice mi aprendizaje. Tardé mucho en sentirme seguro. En los cuatro relatos que están en mi libro Vals de Mefisto la narración y el ensayo se reúnen, aún leve pero firmemente.





"En mis libros abundan los excéntricos, pero es natural. Recuerda nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos"

C. M. Hablas de autores muertos y uno de ellos es Giovanni Papini. ¿Eso habla de la necesidad de un Museo de las Sensibilidades Fechadas, en donde habría víctimas para Papini, Axel Munthe, para ya ni hablar de la Pardo Bazán, Pemán, Gabriel y Galán, etcétera? A propósito de esos autores de mausoleos que la alegría del olvido preserva, en El mago de Viena te refieres así a una de las glorias de la cultura de México, don Jaime Torres Bodet, cuatro veces secretario de Estado, director de la Unesco, sinónimo del prestigio multicondecorado, etcétera: "Si alguien me conminara hoy día, pistola en mano, a releer (la novela) Proserpina rescatada, de Torres Bodet, probablemente preferiría caer abatido por las balas que sumergirme en aquel mar de estulticia". ¿Qué piensas de esos cementerios del arrobo que fueron homenajes sucesivos?
S. P. La relación de un escritor con la sociedad puede ser conflictiva por cuestiones morales, políticas, familiares. Pero en eso hay casos casi inexplicables. Papini en los años veinte y treinta del siglo pasado era leído inmensamente en todas partes. Su fama era universal. Borges lo admiró hasta su muerte. Al final de la segunda guerra, a su muerte, declinó su fama. En Italia nadie lo lee, ni se publica en ninguna parte. Blasco Ibáñez fue famosísimo universalmente; así pasó con Axel Munthe, Huxley, Pearl S. Buck, que fue premio Nobel, el mexicano José Rubén Romero, que fue traducido en varias lenguas, Eduardo Mallea, Ciro Alegría y muchos otros más. En cambio hay un renacimiento de algunas novelas latinoamericanas del XIX.

Rabelais en Chiapas

A propósito de una convicción que compartimos (la máscara es el espejo del alma), recuerdo un viaje que hicimos a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en febrero de 1994, cuando los diálogos de paz entre el Gobierno y el Ejército Zapatista. Había agentes policiacos cerca de la catedral, cinturones de seguridad de la sociedad civil, periodistas que se entrevistaban unos a otros, curiosos que recorrían los cafés y hacían recordar la fábula chestertoniana de El hombre que fue Jueves. La situación en San Cristóbal era tensa. En el desayuno en el hotel, advertimos a dos señores con aspecto de ya no soportar la cercanía de su jubilación, que tomaban notas interminablemente. A lo largo del día los vimos sujetos a la grafomanía. Pitol decidió: "No son agentes policiacos, sino la versión chiapaneca de Bouvard y Pécuchet, los gloriosos personajes de Flaubert, que redactan un diccionario de voces apócrifas". En la noche, en la cena, los saludó muy amables y aseguró haberlos visto hacía tiempo: "¿No son ustedes los abogados Bouvard y Pécuchet, que tienen un despacho en la avenida Madero?". Los recién titulados, aturdidos, murmuraron su identidad, pero Pitol desdeñó su confesión, y los presentó a un grupo amplio como los abogados que llevaban la defensa de los intereses del rey Carol de Rumania que reclamaba la posesión de San Cristóbal, suya por un convenio con el dictador Porfirio Díaz. Un tradicionalista de la ciudad, no muy versado en fechas, se enfureció y les gritó que se largaran, San Cristóbal no estaba en venta. Los falsos o verdaderos espías negaban todo sin convicción y, vencidos, le dieron la razón a Sergio cuando éste les aseguró que amor era la palabra más apócrifa de todas. En los días siguientes Bouvard y Pécuchet no reclamaron sus nombres originales. Ya por irnos, se reveló la verdad, ese género tan anticlimático. Eran dos antropólogos de Tuxtla Gutiérrez que escribían un libro sobre transformaciones en una ciudad pequeña causadas por la presencia masiva de extranjeros en ocasión de un acontecimiento. Sigo con el diálogo.
C. M. Los escritores europeos de las novelas-río son uno de tus pilares del entendimiento del mundo, porque su punto de partida es justísimo: un gran mérito en la vida es saberse rodear más que de personas de personajes. ¿Qué encuentras hoy comparable al mundo de Dickens y Balzac, o el de Thomas Mann y Musil? ¿Ya pasó el tiempo de los escritores que demandaban de sus lectores tiempo disponible?





"La situación política de México es interesantísima, pero peligrosa. La izquierda, la derecha y el centro se despedazan"

S. P. Dickens está en un lugar preferente del altar de mis héroes. Probablemente lo leí de niño, en algunas ediciones simplificadas. En sus libros se mueve un ejército de niños parias, niños huérfanos perdidos o abandonados, niños maltratados por padrastros o parientes inhumanos, niños encarcelados, niños obligados por verdugos a llevar una vida criminal, rescatados por unos ancianos o ancianas encantadores, que casi siempre eran personajes maravillosos, generosos, cargados de rarezas y manías afectuosas. Yo era un niño que a los cuatro años perdió a sus padres, casi siempre enfermo, cuidado por una abuela magnífica, y aunque estuviera muy bien tratado, me sentía muy ligado a aquellos niños desesperados creados por Dickens. ¿Qué existe hoy comparable al mundo de Dickens o Balzac, o de Mann y Musil...? Desde luego, cada época tiene su literatura, y sobre todo la novela ya que es el género que recoge el aliento de la sociedad y acompaña sus cambios. Los nombres que me das son enormes, no sólo por la extraordinaria factura lingüística, la imaginación e inteligencia sino también porque han visto el movimiento del mundo, su época, sus derivaciones, los movimientos que mueren y los que se han incorporado: el mundo, la ciencia, las artes, las formas religiosas, los miedos, y eso no por descripciones sino por detalles, elipsis y sugerencias. Para que se pueda decir que los novelistas lleguen a esa altura, los que van a ser los clásicos del presente y el futuro, se necesita la muerte, unos meses, un par de años. Los autores que creo serán permanentes, los que ya están pasando la prueba, me parecen: Andrzej Kusniewicz, polaco; Thomas Bernhard, austriaco; Juan José Saer, argentino; Roberto Bolaño, chileno; Saul Bellow, norteamericano; George Perec, francés, y Julien Gracq, francés también, que aunque no se ha muerto tiene más de noventa y cinco años y desde hace varias décadas no escribe.
C. M. Dice Pellicer en uno de sus sonetos: "Del bosque entero harás carpintería". En El mago de Venecia, más que en ningún otro de tus libros, localizo las referencias a tu "carpintería", al modo en que observas, memorizas, inventas, borras. ¿Por qué acercar a los lectores a las entrañas de tu trabajo?
S. P. Por lealtad a los textos y los lectores, la carpintería es absolutamente indispensable en mi obra, especialmente en este Mago de Viena. Su escritura es su construcción. Es un libro que nace bajo la sombra de un lema primordial de los alquimistas: "Todo está en todo". En El mago todo está en todo, pero en un orden de los elementos, y los tonos tienen que estar en una colocación especial para potenciarse y potenciar la unidad.
C. M. La política (de izquierda) es una de tus obsesiones cotidianas. En México, en esta amenazada, lenta, cínica, conmovedora transición a la democracia, la política es una profesión degradada y una actividad cercada de suspicacias. ¿Cómo ves este momento?
S. P. La Política. Recuerdo, Carlos, que nos conocimos en la universidad cuando se preparaba una marcha de protesta contra el golpe de Estado en Guatemala patrocinado por la CIA. Éramos muy jóvenes. Esto fue en 1954. ¡Cincuenta y un años, carajos! Y en este largo lapso hemos seguido en la oposición. La situación actual de México es interesantísima, pero peligrosa. La derrota del PRI fue un paso importante hacia la democracia. Se han acentuado la libertad de expresión y de investigación de lo que verdaderamente ocurre. La sociedad civil se ha fortalecido. Estamos ya en vísperas de la campaña electoral de 2006. Los narcos están por todas partes, como para intimidar al Gobierno, y seguir aterrando a la sociedad. Ayer un ex presidente priísta (Miguel de la Madrid) declaró que hace doce años el PRD, cuyo candidato era Cuauhtémoc Cárdenas, ganó las elecciones pero con trampas se le dio la presidencia a Carlos Salinas. Día con día hay desgarrones internos en el PRI. La izquierda, la derecha y el centro se despedazan. Las encuestas dicen que si en estos días hubiera elecciones, triunfaría el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, con ventaja sobre los otros. Al margen de las encuestas, votaré por él.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005
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