lunes, 21 de mayo de 2018

Gioconda Belli / “En Nicaragua rebosó la copa de la iniquidad”


Gioconda Belli


“En Nicaragua rebosó la copa de la iniquidad”

La escritora Gioconda Belli dedica su último libro a la lucha feminista y lamenta que la revolución sandinista acabara en la "dictadura" de Daniel Ortega


JUAN CRUZ
Madrid 20 MAY 2018 - 17:12 COT

Hay una historia escalofriante de esta mujer, Gioconda Belli (Managua, 1948) poeta desde los 18, ocurrida en 1978, cuando el sandinismo revolucionario luchaba en Nicaragua contra el somocismo criminal. Ella fue a buscar la ayuda de Omar Torrijos, el general que presidía Panamá, él quiso acostarse con ella, ella resistió, y rabiosa salió corriendo de la mansión en la que el militar era cuidado por un harén.

Lo cuenta en sus memorias (El país bajo mi piel. Editorial Txalaparta, 2015) y lo decía de viva voz este sábado, a un mes de la revuelta en Nicaragua, en la Librería Contrabandos, en el barrio madrileño de Lavapiés, rodeada de ejemplares de su último libro, Rebeliones y revelaciones(Txalaparta), dedicado en gran parte a su lucha por la revolución de la mujer, que inició al tiempo que apareció su primer libro. Quiere hablar más de Nicaragua que de este volumen. Su país (“mi país portátil”), por el que combatió como sandinista, ahora está en manos de “un dictador, Daniel Ortega, que ya es otro Somoza”.
Pregunta. En este libro usted dice que soñó “un matrimonio perpetuo” con su país y ahora reniega “de los despojos” de su “familia política”, el sandinismo que maneja Ortega.
Respuesta. Lo que quedó vivo de la revolución es lo que estamos viviendo ahora. Pensamos en arrepentirnos y hasta hace unos meses, ante los despojos que Ortega deja, nos preguntamos si valió la pena tanto sacrificio, mi juventud, la de Sergio [Ramírez], la de Ernesto [Cardenal]…, para que hayamos terminado con este hombre y esta mujer subidos al poder, creando todos los mecanismos para no bajarse nunca. Y de pronto surge esta situación espontánea, la rebelión de los jóvenes. Un país que parecía embrujado se quiebra en mil pedazos desde que la gente ve la represión contra los muchachos. Lo vimos, todos vimos cómo la policía los pateaban. Fue la gota que colmó la copa de la iniquidad.
P. Ahí ve de nuevo la revolución.
R. En lo que significa la revuelta: no queremos otra tiranía. Matan a los chicos, y la gente sale a la calle con consignas que fueron sandinistas: “Patria libre o morir”, “Que se rinda tu madre”. Todos los símbolos, menos la bandera sandinista, que se la apropió Ortega como si fuera suya.
P. ¿Cuál fue su error?
R. No respetar la libertad de la gente, olvidar que el país es de todos y no de un partido. Nosotros, tras la revolución, cometimos el mismo error, pero no de forma tan arrogante. Ellos sienten que tienen todo el poder. Ese fervor contra la tiranía es lo que queda de la revolución.
P. ¿Por qué los jóvenes?
R. Porque son los que resienten más profundamente la falta de libertad. Recuperaron las universidades, se enfrentaron a los burócratas matones que se habían apropiado de ellas, afrontaron manifestaciones por la dejadez de Ortega ante sucesos graves, políticos y ecológicos. Así rebosó la copa de la iniquidad. Un símbolo de la resistencia ha sido la destrucción de los arbolatas [árboles de lata que la vicepresidenta, Rosario Murillo, esposa de Ortega, esparció por Managua], iconos del poder. Han destruido dieciocho de 125.
P. ¿Cómo debe de ser el ánimo de Ortega?
R. El miércoles se juntó con los jóvenes; fue como a una guerra, apoyado por helicópteros. Cuando empezó a hablar un muchacho le dijo que habían ido a escuchar los términos de su marcha, porque habían asesinado a jóvenes, “no queremos otra dictadura”, gritó… Y luego una muchacha fue gritando los nombres de los asesinados, y todos gritaban: “¡Presente!”. Respondieron a la protesta siguiendo el guion venezolano: mandaron matones a saquear las tiendas.
P. Ha escrito un libro de dos luchas: la de la revolución moribunda y la revolución de la mujer. ¿A qué se debe en este momento?
R. No hay separación. Las luchas colectivas tienen que pasar por luchas individuales. Se repiten las historias, y ahora vemos a Ortega convertido en otro Somoza. Me da cólera ver la bandera sandinista, que para mi significó tanto, junto a la bandera de Nicaragua. Creo que todas las revoluciones están llamadas a fracasar si no van acompañadas de esas revoluciones que tenemos que hacer en las relaciones humanas, contra la explotación. Y ahí entra la inexcusable lucha de la mujer.
P. Ahora se hace bandera de lo que usted lleva diciendo desde que era una muchacha.
R. El cuerpo es el campo de batalla de la desigualdad entre el hombre y la mujer. Destapar ese costo que la mujer ha tenido que pagar en silencio por el esquema de la dominación es un avance muy importante para entender la psiquis femenina y para que el hombre entienda también cómo se lee su propio comportamiento dominante.
P. Marido y mujer coinciden compartiendo la presidencia de su país… ¿Qué le produce esa simbiosis?
R. Son una pareja poco pareja. Es una pareja política, porque no lo son en términos afectivos. Hicieron un pacto terrible entre una madre que aceptó que su marido violara a su hija y a cambio le pide una cuota de poder. Es una pareja enferma de poder.

RESISTIR EL ACOSO DE TORRIJOS

Gioconda Belli recuerda perfectamente la noche en que acudió a pedirle ayuda al general Omar Torrijos, entonces presidente de Panamá, y acabó huyendo de él.
“Era 1977. Fuimos a pedirle auxilio para los sandinistas. Nos llevó a su mansión. Yo tenía un mensaje para él: necesitábamos pasaportes. Era tarde ya y los despididió a todos. ‘Tú te quedas’, me dijo. Inocente paloma que era, me quedo y me dice que quiere tener un hijo mío. Por allí andaba su harén. Yo le expliqué que eso no era posible. Entonces me obligó a escribirle un poema a su hija. Y más tarde una de las chicas me llevó a su cuarto. A su lado había un camisón para mí. ‘Ponte ese camisón y acuéstate, no te voy a tocar’. Salí despavorida. Al fin me pusieron a dormir en un trastero. ¡Por la noche me pregunté si tenía que sacrificarme por la patria, imagínate! Después le escribí reprochándole el terrible acoso. Él me mandó luego una excusa con un compañero sandinista”.


EL PAÍS




Héctor Abad / Petro es chavista


Timochenko y Petro según Matador 

Héctor Abad Faciolince

Yo no soy un hombre, soy un pueblo 

20 May 2018 - 12:30 

Voy a desarrollar la afirmación categórica de mi artículo de hace una semana: Petro es chavista. Las siguientes son mis tesis o, para ponerlo en tono menor, mis hipótesis sobre el chavismo de Petro.
1. Por chavismo entiendo la identidad con el análisis social y la práctica política que llevó al poder al coronel Hugo Chávez en Venezuela. Esta afinidad con Chávez, por motivos de táctica electoral, debe ocultarse hasta el punto de que no se sospeche por parte de Petro ni la menor simpatía con el ideario bolivariano. Por seguir estas prácticas, al tiempo que se las niega, se las oculta y hasta se las critica, a Petro se lo puede definir como criptochavista.
2. Lo fundamental del petrochavismo (del chavismo al estilo de Petro) es un axioma muy simple: hay un culpable y yo sé quién es.
3. ¿Quién es ese culpable? La vieja élite oligárquica y corrupta, que debe ser sustituida por mí. ¿Y quién soy yo? Yo soy el iluminado, Chávez (Petro), y además represento la encarnación del pueblo. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, en palabras de Gaitán.
4. ¿Y quién es el pueblo? El pueblo, a quien yo represento, son los oprimidos, los silenciados, los humillados por la vieja oligarquía colonial, culpable de todos nuestros males.
5. Bajo la dirección de ese gran caudillo, Chávez (Petro), la burguesía depredadora y corrupta debe ser arrasada y sustituida por un nuevo liderazgo popular cuya principal característica es el resentimiento: no hay mérito alguno en quienes han gobernado y dirigido este país (Venezuela o Colombia), ni en quienes han construido sus instituciones (ministerios, hospitales, universidades públicas y privadas, institutos) o creado sus empresas (públicas como EPM o el Banco de la República, privadas como Bancolombia, u oligopólicas como Ardila, Sarmiento y Santodomingo).
6. Esas entidades ineficientes y corruptas van a ser intervenidas y reformadas por mí. De la misma manera las empresas públicas y privadas deben ser dirigidas por líderes populares de confianza (la nueva élite boliburguesa) que devolverán la riqueza al pueblo. Y el pueblo es Chávez, es decir Petro, que repartirá entre todos los desposeídos esa riqueza como un padre benévolo, bajo forma de casas, mercados, subsidios, puestos de trabajo, etc.
7. Todos los líderes populares de cuño chavista, es decir indignados y voluntaristas, le rendirán cuentas a Chávez (Petro), y este podrá ponerlos en sus nuevos cargos o deponerlos a su amaño. Para que esto pueda darse, habrá que devolver al pueblo el aparato judicial que antes estaba en manos de la vieja élite sangrienta y corrupta. Y para tal fin, si es necesario, se convocará una constituyente que redacte una Constitución a la medida del pueblo (es decir, de Petro).
8. Veamos un ejemplo de empresas que deberán ser tomadas y sustituidas por la nueva élite: Hidroituango. Esta no es una gran obra de ingeniería eléctrica en dificultades, sino solo un despojo que se realiza mediante una alianza grosera entre la cúpula empresarial y política que pretende: a) Explotar abusivamente los recursos naturales del pueblo; b) Agredir, inundar, asesinar y desplazar al pueblo; c) Ocultar los crímenes de la oligarquía, o sea sepultar bajo las aguas y el limo las fosas comunes de las masacres cometidas allí; d) Degradar el medio ambiente, antes impoluto, del pueblo.
El nuevo régimen popular producirá electricidad, en caso de que algunos consumistas la exijan, con métodos alternativos tan limpios y milagrosos que se reducen a un solo método: el entusiasmo, la voluntad y la creatividad del pueblo (es decir, de Petro). El nuevo líder, que halaga la ignorancia del pueblo haciéndole creer que tiene dotes de empresario, ingeniero, legislador, obrero calificado, etc., es el demagogo por excelencia. El populismo, encarnado por un líder megalómano y dueño de soluciones mágicas, es capaz de destruir un país, como en efecto sucedió ya en Venezuela. Petro es la manifestación local de esa misma megalomanía.



domingo, 20 de mayo de 2018

Mauricio Vargas / El harakiki de la JEP




Mauricio 

El harakiri de la JEP

Al proteger a Santrich, la JEP pela el cobre y exhibe un aterrador sesgo pro-Farc.

En términos futbolísticos, la JEP anuló un gol antes de que se produjera la jugada. Al proteger a Santrich como si fuera la pobre víctima de un montaje, la JEP pela el cobre y exhibe un sesgo pro-Farc que aterra.




El Tiempo, 20 de mayo de 2018


El portal de internet lasillavacia.com, al que nadie puede tachar de enemigo de los acuerdos de La Habana, lo dijo este viernes con meridiana claridad: con la decisión de suspender el proceso de extradición del excomandante de las Farc ‘Jesús Santrich’, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) “se hace el harakiri” y debilita de manera grave su ya cuestionada credibilidad. Santrich, designado como representante a la Cámara por el partido Farc, es acusado —con contundentes pruebas— de un grave delito de narcotráfico cometido con posterioridad a la firma de los acuerdos, lo que, según esos mismos acuerdos, lo lleva a perder todos sus beneficios y a ser procesado por la justicia ordinaria. Y eso incluye la posibilidad de ser extraditado.


En la decisión hay un cúmulo de absurdos. Primero, porque la JEP suspende un proceso que no se ha iniciado, lo que, además de atentar contra el derecho, insulta la inteligencia. En efecto, como lo señaló el fiscal Néstor H. Martínez, el trámite de una extradición solo arranca cuando el país que pide al reo presenta la solicitud formal de extradición, y eso no ha ocurrido. Solo entonces se activa la competencia de la JEP, como lo especifica el artículo 19 transitorio, incorporado en la Constitución en desarrollo de los pactos de La Habana, y que los magistrados de la JEP se pasan por la faja.



No es un tema menor: la JEP dice que no está claro si los hechos en que Santrich se involucró con el sanguinario cartel de Sinaloa ocurrieron con posterioridad a la firma de los acuerdos. Eso a pesar de que el propio excomandante no niega que esos contactos fuesen en noviembre de 2017, casi un año después de la firma de los acuerdos, y se limita a alegar que no eran para narcotraficar sino para desarrollar “proyectos productivos” en áreas rurales.





“Lo que hoy está planteando la JEP no está ni en el acto legislativo que creó la Jurisdicción Especial ni en el proyecto de procedimiento que está en curso en el Congreso”, sostuvo el senador de ‘la U’ Hernán Penagos, ponente de dicho proyecto. La JEP prevarica en materia grave: dice que desconoce las pruebas sobre la fecha de ocurrencia; ¿cómo puede conocerlas cuando esa demostración judicial solo va a ser allegada cuando Estados Unidos formalice el pedido de extradición? En términos futbolísticos, la JEP anuló un gol antes de que se produjera la jugada. Al proteger a Santrich como si fuera la pobre víctima de un montaje, la JEP pela el cobre y exhibe un sesgo pro-Farc que aterra.

La credibilidad de esta jurisdicción viene siendo cuestionada desde hace rato. Hace pocas semanas, el secretario ejecutivo de la JEP, Néstor Raúl Correa, renunció a su cargo de forma intempestiva. A más de una diferencia conceptual sobre la estructura administrativa de la jurisdicción, quedó la impresión de que sus magistrados querían el control burocrático y de la multimillonaria contratación de la entidad, el mismo vicio que ha enlodado la respetabilidad de los tribunales de la justicia ordinaria.




A más del tufo clientelista y contratista que quedó tras la salida de Correa, ahora resulta que los magistrados dan muestran de escasa sindéresis y dejan entrever su favoritismo hacia los excomandantes de las Farc, autores —con los paramilitares— de algunos de los más espantosos crímenes de la historia colombiana. Que sepan de una vez por todas estos honorables togados que, por esta vía, quizás consigan vencer pero jamás lograrán convencer. Y que, por lo pronto, le dieron la razón al candidato presidencial Iván Duque, quien ha prometido que, si gana, hará ajustes importantes a las normas que regulan la JEP. Ajustes que son bienvenidos si, como lo indican los hechos, más que juzgar a los excomandantes, la JEP se dedica a protegerlos.


Maurcio Vargas / Ahí viene Petro

Petro y Maduro




Mauricio Vargas

Ahí viene Petro

Maduro se juega el pellejo en la elección de Petro: ¿explica eso tanta plata?

El Tiempo, 29 de abril de 2018

Hace unos años decía mi buen amigo y colega Alberto Casas que uno puede saber cuándo un candidato va mal porque empieza a pelear con las encuestas. Eso bien puede aplicársele ahora al exvicepresidente Germán Vargas, quien, a pesar de sus esfuerzos por aglutinar fuerza política y por lanzar propuestas de hondo calado en frentes que van desde la seguridad hasta la inversión social, no despega en los sondeos. Hay algo de injusticia en esto: Vargas ha cometido errores, pero, kilo por kilo —como dicen en el boxeo—, es un excelente candidato por su demostrada capacidad de ejecución.
Pero el principio de Casas no funciona con Gustavo Petro, quien viene creciendo y pasa ya en las encuestas del 30 % de la intención de voto, y aun así cuestiona a los encuestadores. El exalcalde de Bogotá no debería quejarse, pues, aunque no va de primero —en la medición más reciente, la de Invamer, está a 10 puntos porcentuales del líder, Iván Duque—, en unas cuantas semanas superó esos 30 puntos, el techo que muchos analistas le habían puesto. Y puede subir más.

Petro está haciendo una campaña inteligente. Para empezar, se quedó con casi todo el voto de la rabia, esa legítima indignación que sienten millones de colombianos con el desenfreno de la corrupción, con el descaro de que hacen gala muchos políticos de los partidos tradicionales. Aun si en la administración de Petro, en Bogotá hubo varios episodios sombríos, el exalcalde luce como un líder diferente frente a la mafia de los mismos con las mismas que ha hastiado a amplios sectores de votantes.

Pero, además Petro le ha puesto a su mensaje un tono de optimismo, una calidez y una frescura que contrastan con el discurso agrio que caracteriza el debate entre los demás candidatos. A Vargas se lo ve furioso; a Duque, demasiado serio; a Fajardo, amargado; a De la Calle, triste. Y frente a esa imagen, Petro sonríe, habla de cambio y de renovación, y hasta hace chistes.

No hay que llamarse a engaño. Petro viene creciendo también —y mucho— porque ha hecho una sorprendente demostración de poder económico. A más de una descomunal inversión publicitaria, la organización de sus manifestaciones nada tiene que envidiarle a la que han exhibido por años los grandes caciques electorales. Contratar cientos de buses, ofrecer refrigerios e instalar equipos de sonido de la mejor calidad cuesta miles de millones por manifestación. Y Petro ha hecho varias como la de hace unos días en Montería.

¿De dónde sale tanta plata? En el Caribe —donde Petro lidera las encuestas—, los conocedores hablan de la financiación de un grupo de empresarios de la región que se enriqueció haciendo negocios multimillonarios con la Venezuela de Chávez y Maduro. Ellos habrían recibido la instrucción del presidente venezolano de mantener lleno el tanque de la campaña petrista. No hay que olvidar que una victoria de Petro es vital para Maduro, un asunto en el que se juega el pellejo tras haber perdido a Lula en Brasil, a Rafael Correa en Ecuador y a los Kirchner en Argentina.

Más allá del mensaje bonito y de las manifestaciones, es bueno recordar que el modelo de sociedad que Petro ofrece es el socialismo del siglo XXI, que tan estruendosamente fracasó en Venezuela. Y recordar también que, por buen candidato que parezca, en Bogotá Petro demostró que es un pésimo administrador. Aun así, es hoy uno de los dos aspirantes con opción de llegar el 7 de agosto a la Casa de Nariño. El otro es Iván Duque. Entre ellos dos está jugada esta elección. Lo demás son cuentos.

Gustavo Álvarez Gardeazábal / Vargas y Bolívar

  

Gustavo Álvarez Gardeazábal
VARGAS Y BOLIVAR
Publicado en Diario ADN, mayo 18  2018

El columnista semanal de El Tiempo,exministro de estado y acucioso escrudriñador de la historia patria, Mauricio Vargas Linares, acaba de poner en circulación un libro que no vacilo en recomendar: “La noche que mataron a Bolivar”.Con una habilidad que debería envidiarle su amigo el candidato Vargas Lleras, selecciona los defectos más evidentes de ese figurón de Simón Bolívar para ponerlo frente a nuestro recuerdo como el presidente de la nación a quien quisieron matar como solución a la primera gran polarización de la historia política colombiana: Santander Vs Bolívar. El resultado es sorprendente, muestra al Libertador como lo que muchos siempre quisimos que la historia nos dijera de él: que era un guerrero inmarcesible a quien  le preocupaba mas conseguir la gloria de los caudillos que advertir o corregir a las hormigas culonas que disfrazaban ideológicamente la envidia que suscitaba su genio.

Mauricio Vargas
Mauricio Vargas logra entonces hacer un paralelo entre la morronguería de Santander por ordeñar la vaca del estado y el frenesí de Bolivar por subir a la cúspide de la historia. El pretexto es la noche septembrina ,donde los conspiradores terminan siendo ratas de alcantarilla y Manuela Sáenz pasa de barragana a heroína.Es una novela sobre hechos archiconocidos de la vida nacional, pero tan bien lograda que uno piensa al terminarla si lo que el columnista de El Tiempo pretendió fue mostrarnos un paralelo con la polarización que hoy vivimos o darle una clase a su amigo Vargas Lleras de como hasta una equivocación ( como el cóscorrón) se pudo haber convertido en la escalera a la gloria que los colombianos  siempre hemos terminado aplaudiendo.
El resultado no lo sabremos hasta la otra semana, pero lo  que si se sabe hoy mismo es que este estupendo libro nos hace pensar muchas cosas mas allá de la anécdota histórica.

ADN


sábado, 19 de mayo de 2018

Antonio Caballero / Petro: teoría y práctica


Antonio Caballero

PETRO: TEORÍA Y PRÁCTICA 


Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo –o el que a mí más me atrae– aunque no el más serio: es un programa para cuarenta años de gobierno, y lo único que han tenido de bueno los gobiernos en Colombia es que por lo general han durado poco tiempo. Los más largos –el de Santos, el de Uribe, o el de Núñez por interpuestas personas en el siglo XIX– han sido más dañinos. Lo que no me gusta de Petro es su manera de ser. Petro es Petro. Y eso es lo malo que tiene Petro, un político megalómano que de sí mismo habla en una admirativa y mayestática tercera persona.

Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra de su destrucción y a la especie humana de su extinción. Sus iniciativas de gobierno, que no eran populistas, como dicen, sino simplemente demagógicas: el arbitrario cierre de la plaza de toros bajo pretextos caricaturescos de “lucha de estratos” entre ricos y pobres; la compra de los inservibles camiones de basuras de segunda mano sin licitación ni consulta. Casi no lo conozco personalmente, pese a haber tenido durante tres años bajo su alcaldía un programa de televisión en Canal Capital; pero sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista. Reclamándose del pueblo, por supuesto, como es lo propio de los demagogos.

Fue, eso sí, un gran parlamentario, que hizo en el Senado magníficos debates de denuncia y de control político. Sabe hablar. Por eso es también el más hábil y el mejor de los candidatos en los debates televisados, tanto en las respuestas como en las propuestas. Pero es que encarnadas en su persona no creo en esas propuestas: no me parece que Gustavo Petro sea una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona, aunque se haya engalanado –de raponazo– con el indecente autoelogio de proclamar que sus candidatos al Congreso representan “la decencia”. No le creo ni “el amor” de que tanto habla. Ni “el saber” que pretende transmitir. Ni “la humanidad” que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado. Petro no inspira confianza.

Lo hizo mártir el procurador Ordóñez al destituirlo arbitrariamente de la alcaldía: un fanático a cuya elección por el Congreso él mismo había contribuido persuadiendo a sus colegas del Polo de que votar por tan conspicuo representante de la extrema derecha demostraba que el Polo no era de izquierda. Y en su caso personal es cierto que no lo era: aunque se pretenda de izquierda, Petro tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el “cesarismo democrático” que inventó un intelectual lagarto en Venezuela para justificar la larga tiranía de Juan Vicente Gómez, y que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en nombre, por supuesto, del pueblo. Y así lo confirma su anunciada convocatoria de una Asamblea Constituyente si gana las elecciones. Como las que han convocado todos los aspirantes a dictadores que ha tenido Colombia: Bolívar, Mosquera, Núñez, Reyes, Gómez, Rojas. Porque Petro gusta de equipararse con los mártires: en sus discursos del balcón de la alcaldía se comparaba con Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán; y ahora clama en las plazas: “Todo candidato que no es de la clase política tradicional ha sido asesinado. No hay excepciones”. Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica “dialéctica de la yuca” copia su propia “dialéctica del aguacate”.

Me sucede a mí con Petro lo mismo que le pasaba hace un siglo largo a don Miguel Antonio Caro, que lo resumía así: “De los liberales me apartan las ideas. Y de los conservadores las personas”.

Revista Semana
19 de mayo de 2018


miércoles, 16 de mayo de 2018

Tom Wolfe / Un icono lleno de contradicciones




Un icono lleno de contradicciones

Tom Wolfe deploraba la pusilanimidad de los novelistas contemporáneos

EDUARDO LAGO
16 MAY 2018 - 01:49 COT

En plena resaca del éxito de su obra más conocida, La hoguera de las vanidades (1987), Tom Wolfe publicó su manifiesto sobre el arte de escribir novelas: como dejaron sentados los grandes del género, Charles Dickens, Honoré de Balzac o Émile Zola, se trataba de adentrarse en los escondrijos del sistema social y, con la ayuda de una pluma y un cuaderno, documentarse. Deplorando la pusilanimidad y el ombliguismo de los novelistas norteamericanos contemporáneos, invocó el ejemplo de Zola, quien en 1884 descendió a las minas de Anzin a fin de documentarse para escribir Germinal: “Se necesita un batallón de zolas para adentrarse en este país tan salvaje, extraño, imprevisible y barroco, y reclamar lo que nos pertenece. Si los novelistas no hacen frente a lo obvio, la segunda mitad del siglo XX pasará a la historia como la época en que los periodistas se adueñaron de la riqueza de la vida norteamericana usurpando los recursos de la literatura”. Al poner en práctica sus ideas, Wolfe revolucionó la expresión periodística de su tiempo.
Reducido al máximo, el entonces naciente Nuevo Periodismo consistía en reconocer que, como verdadero intérprete de los nuevos tiempos, el periodista tenía la obligación de imprimirle al lenguaje de la no ficción el rigor y la perfección artística hasta entonces reservados al discurso novelístico. Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces, pero la lección de Wolfe y quienes junto a él gestaron tal cambio, sigue vigente. Doctor en literatura por Yale, el escritor sabía perfectamente lo que hacía. Se inició en el periodismo haciendo reportajes para The Washington Post. En 1962 se trasladó a Nueva York, donde sus colaboraciones para el Herald Tribune, lo convirtieron —para bien y para mal, nunca le faltaron enemigos— en el centro de atención de los círculos literarios del país. Su singularísimo estilo —lenguaje delirante, ingenio maléfico y burlón, una perspicacia inigualable para llegar al fondo de personas y cosas, un dominio magistral de la sátira y la ironía— crearon escuela. Las revistas más prestigiosas del país, Esquire, New York y Rolling Stone compitieron ferozmente por su firma. Wolfe llegó hasta el fondo en la disección de fenómenos de gran complejidad: la generación beat; la cultura de las drogas; los Panteras Negras; la contracultura de los años sesenta; la carrera espacial; el mundo del arte, la lacra inextirpable del racismo; la vida universitaria. Sus títulos, muchos de ellos trabalenguas intraducibles (The Electric Kool-Aid TestThe Pump House GangRadical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers, Mauve Gloves and MadmenClutter and Vine), etiquetaban a la perfección su estilo: delirante, único y, pese a sus muchos imitadores, irrepetible.
Provocativa y demoníaca, su risa daba al traste con todo. Sobre todo, Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo. Como novelista, su triunfo fue desmesurado, aunque cada título despertó menos interés que el anterior. Para muchos, su primera novela, Lo que hay que tener (1979), sigue siendo la mejor. La que más proyección le daría fue sin duda La hoguera de las vanidades (1987). Lo que vino después: Todo un hombre (1998), Soy Charlotte Simmons (2004), Bloody Miami (2012), evidencian una progresiva pérdida de fuerza.
Desde las páginas del The New Yorker, John Updike lo fulminó sin contemplaciones, pero jueces tan severos y respetables como Norman Mailer o Harold Bloom supieron ver en él a un novelista de talento. Probablemente, fue Mailer quien lo diagnosticó mejor al señalar que el problema consistía en que Wolfe había optado por escribir mega-best-sellers, y estaba condenado a padecer las consecuencias.