miércoles, 24 de mayo de 2017

Francis Bacon / El tríptico que Bacon dedicó a Lucian Freud

El tríptico que Francis Bacon dedicó a Lucian Freud, entre las 10 obras más caras de la historia

El tríptico que Francis Bacon dedicó a Lucian Freud, entre las 10 obras más caras de la historia

Día 13/11/2013 - 11.38h

Fue vendido por 142 millones de dólares en Nueva York, con lo que se convierte en la pintura más cara jamás subastada

No hay duda de que el pintor angloirlandés Francis Bacon es uno de los artistas modernos más cotizados en el mundo del arte. Y prueba de ello es que el tríptico que dedicó a su amigo y también pintor Lucian Freud en 1969, considerado como una de sus obras más icónicas, fue subastado en Nueva York por 127 millones de dólares, lo que ha supuesto el récord en el precio de un cuadro del artista y lo convirtió en uno de los diez más caros de la historia. Era la primera vez que este tríptico era subastado. El precio final, con impuestos, llega a los 142,4 millones de dólares.
«Tres estudios de Lucian Freud», como así se denomina este tríptico, casi duplicó los 86 millones de dólares que hasta ahora fijaban la plusmarca para el pintor británico.
Este cuadro, curiosamente, retrata a quien se convirtió en el pintor vivo más cotizado al vender en 2008 su «Benefits Supervisor Sleepeing» por 33,6 millones de dólares. El tríptico reúne a dos de los principales nombres de la pintura figurativa del siglo XX cuando su amistad estaba en su plenitud. Fue un relación de compañerismo no exenta de rivalidad que despuntó al concluir la Segunda Guerra Mundial,
El tríptico de Francis Bacon (1909-1992), que tenía un precio de salida de 80 millones de dólares y había sido subida en el orden de subasta por la expectativa generada, superó los 120 millones de dólares por los que fue adquirido «El grito», de Edward Munch, que se vendió por 119,5 millones de dólares en 2012, y entró en la lista de los diez cuadros más caros jamás vendidos, lista que continúa encabezada por «Los jugadores de cartas», de Paul Cézanne.
La distorsión de las formas, la convulsión expresiva en el rostro y el esquematismo de todo aquello que no es figura humana caracterizan estos tres cuadros consecutivos de Bacon, de una dimensión de 198 por 147,5 centímetros y que han pertenecido a la galería Galatea de Turín, a la galería Odermatt de París y a colecciones privadas de coleccionistas italianos, franceses y japoneses.

Andy Warhol y su Coca-Cola

Otro artista que hizo una gran noche fue Andy Warhol, cuya Coca-Cola, síntesis del espíritu del Pop Art («Todas las cocacolas son iguales y las cocacolas son buenas. Lo sabe Liz Taylor, lo sabe el presidente, lo sabe el vagabundo y lo sabes tú», decía el artista), se subastó por 51 millones de dólares.
En esta misma velada, el «Mercedes-Benz W 196 R Grand Prix Car» de Warhol se vendió por 11,5 millones de dólares; su retrato de Mao y su "Hammer and Sickle» por 3 millones cada uno; el «One Dolar», por 4,5 millones, sus «Zapatos de polvo de diamante» por 4,25 millones y, cerrando la noche, se adjudicó su «Fragile» por 1,7 millones. En total, sin contar impuestos, 78,95 millones de dólares en una sola sesión.
Y su compañero de corriente artística, Roy Lichtenstein, también triunfó con la venta de «Seductive Girl» por 28 millones de dólares, y «Sleeping Girl» por 2 millones.
Un Mark Rothko por 41 millones de dólares destacaba entre los mejor vendidos de la noche, aunque quedaba esta vez lejos del récord del pintor, que orgullosamente ostentan en Christie's y que se sitúa en los 86 millones, y justo antes de adjudicarse el tríptico de Bacon, la pintura de Christopher Wool «Apocalypse Now» alcanzaba en la puja un precio de 23,5 millones de dólares, superando las expectativas más optimistas.
Obras de Jasper Jones, Jean-Michel Basquiat (dos, por 10,6 y 26 millones de dólares), Alexander Calder, Louise Bourgeois, Jackson Pollock o Gerard Richter iluminaron la estelar noche de Christie's, que aspiraba a lograr su propio récord de 495 millones de dólares en ventas en una sola sesión y lo consiguió con creces, alcanzando los 611,35 millones de dólares sin impuestos.

Lucian Freud / La vida pintada





La película La vida pintada, que explora la vida y la obra de Lucian Freud, fue filmada cuando el artista pintaba su última obra, un retrato de su asistente David Dawson. Fue dirigida por Randall Wright.
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Lucian Freud: La vida pintada también incluye el testimonio de quienes lo conocían y  lo amaban : Los miembros de su familia numerosa (tuvo al menos catorce hijos de varias mujeres diferentes), los amigos cercanos entre ellos David Hockney y el brigadier Andrew Parker Bowles, sus comerciantes, sus modelos y sus ex amantes.La película muestra cómo Freud nunca nadó con la corriente y rechazó las tendencias de su tiempo, fiel a la figuración y explorar el retrato, especialmente en lo que respecta al retrato desnudo, que exploró con una profundidad de escrutinio que produjo algunas de las obras más importantes de nuestro tiempo.Este documental es tanto una biografía definitiva y una exploración reveladora de su proceso creativo.

Lucian Freud / Un egoísta impredecible y mujeriego


Lucian Freud

UN EGOISTA IMPREDECIBLE Y MUJERIEGO

Lucian Freud, genio de la pintura figurativa, era un hombre impredecible, mujeriego y egoísta, y tan obsesionado por su trabajo que llegaba a pintar varias modelos en un mismo día, según una reciente biografía sobre el artista británico

Lucian Freud llegaba a tener tres modelos al mismo tiempo. Foto: archivo El País

Londres | Viviana García - EFE
El periodista Geordie Greig, director del dominical The Mail on Sunday, acaba de publicar en el Reino Unido Breakfast with Lucian (Desayuno con Lucian), basado en las conversaciones que mantuvo con el pintor los últimos 15 años de su vida hasta su muerte, ocurrida el 20 de julio de 2011 a los 88 años de edad. Más que una transcripción del diálogo que ambos mantuvieron cada mañana en un restaurante de Londres, el libro es un retrato de la personalidad de uno de los mejores pintores del Reino Unido, país al que llegó en 1933 procedente de su originaria Alemania, debido al auge del nazismo y la persecución de los judíos. Pocos años después Lucian Freud obtuvo la nacionalidad británica.
Nieto del creador del psicoanálisis Sigmund Freud, el artista de la figura realista, famoso por sus gigantescos retratos de desnudos como uno de la modelo Kate Moss, era visto como una persona reservada, casi misteriosa, que elegía cuándo y a quién ver. Greig tuvo el privilegio de entablar amistad con Freud después de enviarle numerosas cartas en las que expresaba su admiración y su deseo por conocerle. Esta insistencia resultó fructífera cuando un día el pintor le envió una postal en la que le citaba una mañana a las siete menos cuarto en su estudio de Holland Park, lugar que el periodista describe como muy caótico, lleno de trapos sucios y pinturas esparcidas por todas partes.

Mano a mano


A partir de entonces, ambos desayunaron juntos casi todos los días a las siete y media de la mañana en el restaurante Clarke, de Notting Hill, donde hablaban de todo, desde la vida mundana hasta de libros de Gustave Flaubert, Johann Goethe o Ian Fleming. Según Greig, al principio a Freud le costaba soltarse, pero con los días y meses empezó a hablar de su vida, sus amantes y su actitud hacia el trabajo y las personas. "Nunca hizo nada que fuera predecible, formal o sin sorprender. Podía hablar de Ian Fleming en los 40 o de Kate Moss en un espectáculo de moda en 2008", afirma el periodista en su libro.
"Podía pasar de hablar de poesía, cotilleos de alguien hasta de las críticas sobre cartas de Flaubert. Era un conversador realmente fantástico", cuenta Greig, admirador de Freud desde los 17 años. En sus conversaciones, Freud, que admitía era un hombre muy egoísta, le habló de que tuvo alrededor de 500 amantes y de sus catorce hijos, pero con los que apenas llegó a vivir. "Mira, soy egoísta. Tengo relaciones si quiero, pero si no quiero, no las tengo", admitió Freud.
En su libro, Greig cuenta también la personalidad excéntrica del artista y su obsesión por pintar, buscar modelos y crear "gran arte". "A veces tomaba hasta tres baños al día. Y pintaba constantemente, a veces tenía a tres modelos en distintos momentos del día en (un período) 24 horas", cuenta Greig.
Freud -añade- parecía sumido en una "carrera contra el tiempo para crear arte. Realmente una carrera contra el tiempo, más y más, tratar de encontrar imágenes".
En los últimos años de su vida, la obra de Freud fue muy valorada en los mercados del arte del mundo y, en concreto, fue en 2008 en la casa Christie`s de Nueva York donde se vendió la obra que lo convirtió entonces en el pintor vivo más cotizado del mundo. Era el lienzo Benefits Supervisor Sleeping (1995), que mostraba a una mujer obesa recostada en un sofá, subastado por 33,6 millones de dólares.


martes, 23 de mayo de 2017

Hemingway / Allá en Michigan




Ernest Hemingway
Biografía
Allá en Michigan


      Jim Gilmore llegó a Hortons Bay procedente de Canadá y compró la herrería al viejo Horton. Era bajo y moreno, con grandes bigotes y manos grandes. Era bueno poniendo herraduras y no tenía mucho aspecto de herrero ni con el delantal de cuero puesto. Vivía encima de la herrería y comía en casa de D. J. Smith.
       Liz Coates trabajaba para los Smith. La señora Smith, una mujer muy corpulenta y de aspecto aseado, decía que Liz era la chica más distinguida que jamás había visto. Liz tenía buenas piernas y siempre llevaba unos delantales a cuadros impecables, y Jim se había fijado en que siempre llevaba el pelo bien arreglado. Le gustaba su cara porque era muy alegre, pero nunca pensaba en ella.
       A Liz le gustaba mucho Jim. Le gustaba su forma de andar cuando venía de la tienda, y a menudo salía a la puerta de la cocina para verlo alejarse por la carretera. Le gustaba su bigote. Le gustaba lo blancos que tenía los dientes cuando sonreía. Le gustaba mucho que no tuviera aspecto de herrero. Le gustaba lo mucho que les gustaba al señor y a la señora Smith. Un día descubrió que le gustaba el vello negro que cubría los brazos de Jim y lo pálidos que eran éstos por encima de la marca de bronceado cuando se lavaba en la palangana fuera de la casa. Le parecía extraño que le gustaran esas cosas.
       Hortons Bay, el pueblo, sólo contaba con cinco casas en la carretera principal entre Boyne City y Charlevoix. Además de la tienda de comestibles y la oficina de correos, que tenía una fachada alta falsa y tal vez un carro enganchado enfrente, estaba la casa de los Smith, la de los Stroud, la de los Dillworth, la de los Horton y la de los Van Hoosen. Las casas estaban construidas en un olmedo y la carretera estaba cubierta de arena. Un poco más arriba estaba la iglesia metodista y más abajo, en la otra dirección, la escuela municipal. La herrería estaba pintada de rojo y quedaba frente a la escuela.
       Una carretera empinada y cubierta de arena descendía la colina hasta la bahía atravesando un bosque maderero. Desde la puerta trasera de la casa de los Smith se alcanzaba a ver más allá de los bosques que descendían hasta el lago, y la bahía al otro lado. Era muy bonito en primavera y verano, la bahía azul brillante, y las pequeñas olas espumosas que solían cubrir la superficie del lago más allá del cabo, creadas por la brisa que llegaba de Charlevoix y del lago Michigan. Desde la puerta trasera de la casa de los Smith Liz veía cómo las barcazas que transportaban minerales flotaban en medio del lago en dirección a Boyne City. Mientras las miraba no parecían moverse, pero si entraba para secar unos platos más y volvía a salir, habían desaparecido al otro lado del cabo.
       Últimamente Liz pensaba a todas horas en Jim Gilmore, aunque él no parecía hacerle mucho caso. Hablaba con D. J. Smith de su negocio, del partido republicano y de James G. Blaine. Por las noches leía The Toledo Blade y el periódico de Grand Rapids bajo la lámpara de la sala de estar, o iba con D. J. Smith a la bahía a pescar con un arpón y una linterna. En otoño Jim, Smith y Charley Wyman metieron en un carro una tienda de campaña, comida, hachas, sus rifles y dos perros, y fueron a las llanuras de pinos que había más allá de Vanderbilt para cazar ciervos. Liz y la señora Smith se pasaron los cuatro días anteriores cocinando para ellos. Liz quería preparar algo especial para que Jim se lo llevara, pero al final no lo hizo porque no se atrevió a pedir a la señora Smith los huevos y la harina, y temía que si los compraba ella, la señora Smith la sorprendiera cocinando. A la señora Smith le habría parecido bien, pero Liz no se atrevió.
       Todo el tiempo que Jim estuvo fuera cazando ciervos, Liz no dejó de pensar en él. Lo pasó fatal en su ausencia. No dormía bien de tanto pensar en él, y al mismo tiempo descubrió que era divertido pensar en él. Si se dejaba llevar por la imaginación era aún mejor. La noche anterior a que volvieran no durmió nada, o mejor dicho, creyó no haber dormido, porque todo se mezclaba en un sueño y no sabía cuándo soñaba que no dormía y cuándo realmente no dormía. Al ver bajar el carro por la carretera se sintió desfallecer. Estaba impaciente por volver a ver a Jim y le parecía que en cuanto él estuviera allí todo iría bien. El carro se detuvo bajo el gran olmo y la señora Smith y Liz salieron a su encuentro. Todos los hombres tenían barba, y en la parte trasera del carro había tres ciervos con sus delgadas patas sobresaliendo rígidas por el borde. La señora Smith besó a D. J. y él la abrazó. Jim dijo «Hola, Liz», y sonrió. Liz no había sabido qué iba a ocurrir cuando Jim volviera, pero estaba segura de que ocurriría algo. No ocurrió nada. Los hombres habían vuelto a casa, eso era todo. Jim tiró de las telas de saco que cubrían los ciervos y Liz los miró. Uno de ellos era un gran macho. Estaba rígido y costó mucho sacarlo del carro.
       —¿Lo mataste tú, Jim? —preguntó.
       —Sí. ¿No es una maravilla? —Jim se lo cargó a la espalda para llevarlo a la caseta donde ahumaban la carne y el pescado.
       Esa noche Charley Wyman se quedó a cenar en casa de los Smith porque era demasiado tarde para volver a Charlevoix. Los hombres se lavaron y esperaron la cena en la sala de estar.
       —¿No queda nada en esa garrafa, Jimmy? —preguntó D. J. Smith, y Jim fue al cobertizo donde habían guardado el carro en busca de la garrafa de whisky que se habían llevado a la cacería.
       Era una garrafa de quince litros y todavía se agitaba bastante líquido en el fondo. Jim echó un buen trago mientras regresaba a la casa. Costaba levantar una garrafa tan grande para beber de ella, y se derramó algo de whisky por la pechera de la camisa. Los dos hombres rieron al ver a Jim entrar con la garrafa. D. J. Smith pidió vasos y Liz los trajo. D. J. sirvió tres tragos generosos.
       —Vamos, D. J., éste por el que te miraba —dijo Charley Wyman.
       —Ese maldito macho enorme, Jimmy —dijo D. J.
       —Éste por todos los que dejamos escapar, D. J. —dijo Jim, y se bebió el whisky de un trago.
       —Sabe bien a un hombre.
       —No hay nada como esto en esta época del año para los achaques.
       —¿Qué tal otra, chicos?
       —Hecho, D. J.
       —De un trago, chicos.
       —Éste por el año que viene.
       Jim empezaba a sentirse muy a gusto. Le encantaba el sabor del whisky, su textura. Se alegraba de haber vuelto y tener de nuevo una cama cómoda, comida caliente y la herrería. Se bebió otro vaso. Los hombres fueron a cenar muy animados, pero comportándose de forma respetable. Liz se sentó a la mesa después de servir la comida y cenó con la familia. La cena estaba buena y los hombres comieron muy serios. Después de cenar volvieron a la sala de estar mientras Liz recogía la cocina con la señora Smith. Luego la señora Smith fue al piso de arriba y poco después Smith la siguió. Jim y Charley seguían en la sala de estar. Liz estaba sentada en la cocina junto al fogón, fingiendo que leía un libro y pensando en Jim. No quería irse aún a la cama porque sabía que Jim se marcharía pronto y quería verlo salir para poder llevarse esa imagen a la cama.
       Pensaba en Jim muy concentrada cuando éste salió de pronto. Tenía los ojos brillantes y el pelo un poco alborotado. Liz bajó la vista hacia su libro. Jim se acercó a ella por detrás y se detuvo, y ella lo oyó respirar hasta que, de pronto, la rodeó con los brazos. Ella notó cómo los pechos se le ponían rígidos y turgentes, y los pezones erectos bajo las manos de Jim. Estaba terriblemente asustada, nunca la había tocado nadie, pero pensó: «Por fin ha venido a mí. Ha venido de verdad».
       Se mantuvo rígida porque estaba muy asustada y no sabía qué hacer, y entonces Jim la apretó con fuerza contra la silla y la besó. Fue una sensación tan brusca, intensa y dolorosa que ella creyó no poder soportarla. Sentía a Jim a través del respaldo de la silla y no podía soportarlo, pero de pronto algo dentro de ella cambió, y la sensación se volvió más agradable y más suave. Jim la sujetaba con fuerza contra la silla, pero ahora ella quería.
       —Vamos a dar un paseo —susurró Jim.
       Liz descolgó su abrigo del perchero de la pared de la cocina y salieron. Jim la rodeaba con el brazo, y cada pocos pasos se paraban y se apretaban el uno contra el otro, y Jim la besaba. No había luna y caminaron por la carretera con la arena llegándoles hasta los tobillos, pasando entre los árboles en dirección al embarcadero y el almacén que había en la bahía. El agua lamía los pilares y todo estaba oscuro más allá de la bahía. Hacía frío, pero Liz estaba toda acalorada por estar con Jim. Se sentaron al abrigo del almacén y Jim la atrajo hacia sí. Ella estaba asustada. Una mano de Jim se había deslizado por debajo de su vestido y le acariciaba el pecho; la otra la tenía en el regazo. Ella estaba muy asustada y no sabía qué iba a hacerle Jim, pero se acurrucó contra él. Entonces la mano que le había parecido tan grande en el regazo se levantó y se trasladó hasta su muslo, y empezó a deslizarse hacia arriba.
       —No, Jim —dijo Liz.
       Jim siguió deslizando la mano hacia arriba.
       —No debes, Jim. No.
       Ni Jim ni su mano grande le hicieron caso.
       Los tablones eran duros. Jim le había levantado el vestido y trataba de hacerle algo. Ella estaba asustada, pero quería que él siguiera. Quería, pero tenía miedo.
       —No debes hacerlo, Jim. No debes.
       —Tengo que hacerlo. Voy a hacerlo. Tenemos que hacerlo y lo sabes.
       —No, no debemos, Jim. No tenemos que hacerlo. Esto no está bien. Es tan grande y me duele tanto. Oh, Jim. ¡Oh!
       Los tablones de madera de cicuta del embarcadero eran duros, y estaban fríos y astillados, y Jim pesaba mucho encima de ella y le había hecho daño. Estaba tan incómoda y aplastada que lo empujó. Jim se había quedado dormido. No se movía. Ella salió de debajo de él y se sentó, se estiró la falda y el abrigo, y trató de arreglarse el pelo. Jim dormía con la boca ligeramente abierta. Se inclinó sobre él y le besó en la mejilla. Él siguió durmiendo. Le levantó un poco la cabeza y se la sacudió. Él la dejó caer y tragó saliva. Liz se echó a llorar. Se acercó al borde del embarcadero y miró el agua. De la bahía se levantaba niebla. Tenía frío y se sentía desgraciada, todo parecía haberse desvanecido. Regresó al lado de Jim y volvió a zarandearlo para estar segura.
       —Jim —dijo llorando—. Por favor, Jim.
       Jim se movió y se acurrucó un poco más. Liz se quitó el abrigo y, agachándose, lo tapó con él. Lo arropó con esmero y cuidado. Luego cruzó el embarcadero, subió por la carretera empinada y cubierta de arena, y se fue a la cama. Una fría niebla llegaba de la bahía a través del bosque.

Three Stories and Ten Poems (1923)
The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories (1938)


lunes, 22 de mayo de 2017

La depresión / El secreto de todas las familias




El secreto de todas las familias

Dos millones y medio de españoles sufren oficialmente depresión. El 40% no está en tratamiento por miedo al estigma de la enfermedad


MARTA FERNÁNDEZ
Madrid 21 MAY 2017 - 04:01 COT





El músico Iván Ferreiro en su estudio en Gondomar.
El músico Iván Ferreiro en su estudio en Gondomar.  EL PAÍS

“Sal y cuéntaselo a alguien”. Fue la respuesta de Harvey Milk cuando un joven le preguntó qué podía hacer para conseguir acabar con el estigma de la homosexualidad. Cuarenta años después, el escritor Andrew Solomon hace suyo el consejo de la figura del activismo gay estadounidense pero para vencer otro tabú: la incomprensión y la vergüenza a la que se enfrentan aquellos que sufren una depresión. Solomon, escritor y profesor de Psicología en Columbia, lo ha convertido en una cruzada personal. Y lucha para romper el silencio que acompaña a un trastorno que afecta ya a dos millones y medio de españoles. Diagnosticados. Muchos ni siquiera se atreven a confesarlo.

Cinco realidades de ser bipolar



5 realidades de ser bipolar en palabras de una mujer que sufre este trastorno



“De un minuto a otro dejé de comer, hablar, caminar, escuchar. No hacía nada más que estar en la cama”
Muy a menudo escuchas muchas cosas sobre las enfermedades mentales, pero casi todo lo que oyes es mentira. Este es el caso del trastorno de bipolaridad que suele ser malinterpretado. El conocimiento real que se tiene de esta enfermedad está lleno de mitos y leyendas que no siempre corresponden con la verdad. Acá te contamos algunas realidades que Wren Williams, una mujer que sufre de bipolaridad, quiso aclarar desde su propia experiencia: 

Los dioses apagados de la melancolía

Retrato de Felipe II
Antonio Moro

Los dioses apagados de la melancolía

El Museo Nacional de Escultura acoge una exposición sobre un mal que los griegos identificaban como bilis negra


Melancolía, un grabado de Durero en la exposición del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
Felipe II fue el rey en cuyo imperio nunca se ponía el sol. También era dueño de una gran leyenda negra que el tiempo matizó en lo que pudo. Taciturno y de aspecto severo, en 1568 se describió su rostro como “bello y agradable” y su humor de “melancólico”. Nació en el palacio de Pimentel, en Valladolid, a pocos metros del palacio de Villena, sede del Museo Nacional de Escultura. Una placa en Pimentel avisa del suceso. Un cuadro colgado estos días en Villena lo representa entre sus “aflicciones sombrías”. Es el Retrato de Felipe II, de Antonio Moro, y el monarca aparece “vestido de negro, impenetrable tras la etiqueta borgoñona, perseguido por el fantasma de la demencia familiar”. Para ser el rey de las tierras en las que nunca se ponía el sol, a Felipe II, misántropo y enclaustrado en palacios, el sol no le daba mucho.

domingo, 21 de mayo de 2017

John le Carré / Cambios de lugar y protagonista


John le Carré

John le Carré

Cambios de lugar y protagonista

Luis Matías López
8 de marzo de 1983

Con La pequeña tamborilera, John Le Carré cambia de escenario y de héroe, George Smiley. El sol de Oriente Próximo está muy lejos de las brumas de la vieja Europa, que hicieron posible el espionaje burocrático en que George Smiley era maestro indiscutible. A Charlie (veintiséis años, actriz, ni siquiera sabemos su apellido) no le interesan los poetas barrocos alemanes de comienzos del XVII, pasión que Le Carré compartía con su personaje.-Georgé, has ganado.

John le Carré / La lección de Smiley

John le Carré

La lección de Smiley

Le Carré plantea su última novela como una ilustración de las enseñanzas del espía



La novela número 13 de John Le Carré, The secret pilgrim, publicada a finales del pasado año en el Reino Unido y de próxima aparición en España (Plaza y Janés, en castellano, y Edicions 62, en catalán), está planteada como una lección. Es la clase de un maestro de espías, el veterano George Smiley, en el momento de la caída del muro, de la despedida de la guerra fría. Invitado a pronunciar la lección magistral en la clausura de un curso de espías, Smiley expone lo aprendido en sus muchos años en el servicio. Al narrador del libro -Ned- le conocíamos de la anterior novela de Le Carré, La casa Rusia. Ahora es un profesor de espías a punto de retirarse. Mientras Smiley pronuncia su lección, la memoria de Ned emprende un viaje sentimental hacia el pasado, hacia una carrera de espía que llega al final.

John le Carré / La gente de Smiley

John le Carré

"La gente de Smiley", 

novela de John Le Carré


David Cornwell, de 48 años, ex diplomático, ex profesor y ex agente de los servicios secretos de Gran Bretaña, es hoy un escritor unánimemente admirado en el mundo entero bajo el seudónimo de John Le Carré. Su última novela, La genie de Smiley, lleva ya tres semanas en el primer puesto de la lista de best-sellers en Estados Unidos, mientras el público británico se apasiona con la adaptación televisada de su novela El topo. Le Carré cuenta su vida y su obra en una larga entrevista que se publica hoy en nuestro suplemento Libros.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de febrero de 1980


sábado, 20 de mayo de 2017

Juan Rulfo / No oyes ladrar los perros


Perro
Rufino Tamayo

Juan Rulfo


No oyes ladrar a los perros



Juan Rulfo / No Dogs Bark


        —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
        —No se ve nada.
        —Ya debemos estar cerca.
        —Sí, pero no se oye nada.
        —Mira bien.
        —No se ve nada.
        —Pobre de ti, Ignacio.