miércoles, 16 de agosto de 2017

Sándor Márai / El tesoro del tabernero húngaro

El tesoro del tabernero húngaro


ROSA MONTERO
10 SEP 2006

En el poderoso libro de memorias ¡Tierra, tierra!, de Sándor Márai (editorial Salamandra), que ya he citado en algún otro artículo, se cuenta la preciosa y conmovedora historia de Poldi Krausz, un tabernero de Budapest. Poldi era un hombre humilde y de origen campesino; tenía una tasca llamada la Bodega Recóndita que se había convertido en un local popular entre los escritores, artistas y poetas de la ciudad. De hecho, Sándor le conocía porque frecuentaba el sitio. En la sombría primavera de 1944, la Gestapo recorría Budapest deteniendo y deportando a los judíos y a todos cuantos consideraba enemigos de los nazis. Un domingo de marzo, Poldi llamó inopinadamente a la puerta de Sándor, en cuya casa nunca había estado. Traía un paquete bajo el brazo envuelto en papel de periódico. "Guarda esto", dijo al sorprendido escritor. "Alguien me ha denunciado. No tardarán en venir a por mí. Guárdalo y cuídalo, por favor". 
Márai abrió el rústico paquete y descubrió un modesto álbum de firmas, el libro de honor en el que, durante años, el tabernero había pedido a sus clientes que anotaran algo. Había dedicatorias, dibujos, frases y chistes salidos de la mano de artistas, escritores, periodistas y noctámbulos de toda calaña. Esa libreta llena de pequeños recuerdos era la joya del tabernero, su pertenencia más preciada. "Sus manos temblaban al entregarme el álbum, la obra de su vida, su único tesoro", escribe Márai. Y más adelante: "El tabernero no lloraba, pero sus ojos estaban húmedos y sus labios temblaban debajo del bigote".
Sándor no consideró prudente quedarse con el álbum, porque él mismo estaba a punto de salir huyendo de su casa, y en su ausencia, en efecto, su piso fue asaltado y sus pertenencias destruidas. De manera que dio al tabernero un par de direcciones en donde podría dejar guardado su cuaderno con más seguridad. Poldi se marchó abrazado a su álbum y Márai no volvió a verlo nunca más. Tiempo después supo que no le había dado tiempo de salvar el libro: pocos días después de aquella visita, Poldi fue detenido y trasladado, junto con su esposa, a un campo de exterminio en Polonia. Tal vez conservara su cuaderno hasta el final.
"Toda vida humana tiene algo único", dice Márai: "Algo que uno prepara durante mucho tiempo, algo que cuida, que va formando poco a poco, que mima. A veces es una persona. A veces, una obsesión. En la vida de Poldi Krausz, el tabernero del barrio de Tabán, en esa vida pobre y humilde pero siempre jovial, aquel álbum era su obra maestra". En el amor que Poldi sentía por el cuaderno debía de influir, desde luego, su admiración por los artistas húngaros, por los personajes y personajillos más o menos famosos de la noche de Budapest que habían frecuentado su taberna y, por consiguiente, su trato. Pero sus lágrimas seguramente se debían al rastro candente que los buenos recuerdos dejan en nuestra conciencia. Ese álbum era en realidad un libro de memorias, un testimonio de los mejores momentos de la biografía del tabernero y una reafirmación de su proyecto de vida. Seguro que Poldi planeó su futuro en torno a ese álbum, seguro que se imaginó en su plácida ancianidad, orgulloso de todas las firmas ilustres que habría recolectado para entonces y que él enseñaría de cuando en cuando con delectación a los amigos y a los nietos. Por eso es por lo que lloraba Poldi, por eso es por lo que lloramos todos: por autocompasión, por la pérdida de nuestros bellos sueños, por el destrozo de nuestras ilusiones.
Sí, supongo que todos acarreamos un pequeño equipaje, ese tesoro del que hablaba Márai, que es donde depositamos nuestro orgullo, nuestra sensibilidad y nuestra esperanza. A veces me pregunto en qué pensaré cuando me esté muriendo, si es que dispongo de tiempo suficiente. No se trata de una reflexión morbosa, sino de un intento de desentrañar cuáles son mis recuerdos primordiales, qué hechos y qué elementos de mi vida forman el nudo y el corazón de lo que soy. En el último instante, ¿a quiénes o qué recordaré? ¿Qué memorias arderán en mi mente cuando todo se apague? Ese pequeño equipaje es el resumen de toda tu existencia. Uno no muere solo: muere, en realidad, abrazado a su tesoro íntimo, como el tabernero a su cuaderno. Y después todo vuelve suavemente a la nada, como el castillo de arena que la marea borra.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de septiembre de 2006

La intensa vida de Sándor Márai


La intensa vida de Sándor Márai

Luis Fernando Moreno Claros
12 de noviembre de 2005


El escritor húngaro fue un autor de éxito. Aunque en España sus obras sólo se han conocido desde la reciente publicación de El último encuentro, Márai fue un intelectual burgués y humanista que abandonó su país en 1948, huyendo del comunismo, para instalarse en Estados Unidos donde se suicidó. Esta biografía repasa su rica trayectoria.


El escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989) goza en la actualidad de gran éxito en España. Sus novelas El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, El amante de Bolzano y La mujer justa, así como su autobiografía Confesiones de un burgués (todas en Salamandra), cautivan a un publico variado en virtud de algo que las caracteriza: la magia que sólo tiene la "gran literatura". De estructuras similares -extensas conversaciones y largos monólogos-, densas y cuajadas de pensamientos brillantes; teatrales, "psicológicas", de escasa acción y peripecia, y hasta de tono melodramático y sentimental, las novelas de Márai son, con todo ello, absorbentes y difíciles de soltar una vez que nos sumergimos en sus páginas y nos dejamos atrapar por sus meandros. Las palabras de sus personajes cautivan y seducen; tal como debieron de seducir las de su creador -así se atestigua- cuando hablaba en sociedad, pues solían ser pausadas y bien meditadas, incisivas, lúcidas e insoslayables. Aun así, voces críticas muy solventes opinan que en la mayor parte de estas celebradas novelas de Márai todo queda finalmente en fuego de artificio desvanecido en humo; no les falta razón, pero lo cierto es que el espectáculo es hermoso y nunca banal. Por otra parte, siempre permanece el aura y el recuerdo de ese ambiente que recrean, aquel mundo europeo de los años de entreguerras, mezcla de cosmopolitismo y grandiosa decadencia burguesa que, como en los relatos de Stefan Zweig, pertenece a una época que hoy nos parece elegante y romántica, un paraíso con cierto olor a podrido ya perdido para siempre.

Así que debido a la popularidad de Márai en nuestro país, resulta muy oportuna la publicación de esta breve biografía ilustrada, elaborada por un reconocido especialista húngaro, editada con gusto y bien traducida. El autor se propone retratar a Márai como ser humano y repasar los diversos episodios y épocas de su vida, siempre oscilante entre la dedicación al arte y las imposiciones del destino, determinado por los avatares políticos de la convulsa Europa del siglo XX. Pero si el lector obtiene una idea ciertamente clara de cómo fue el hombre Márai, echará de menos saber, aunque sea de manera somera, algo más sobre su obra, los motivos concretos de la escritura de tal o cual novela o, al menos, una breve reseña y una cronología de todas ellas.
En cuanto al retrato humano, Márai no fue un escritor aureolado por el "malditismo" ni tampoco un marginado social desconocido o un mártir político; al contrario, fue en general un señor cabal y mesurado, consciente de su ascendencia burguesa y dedicado en cuerpo y alma a la tarea que le gustaba y que sabía desempeñar a la perfección: la literaria. En ella volcaba su habilidad y su mucha sabiduría, nacida de la atenta observación de los sentimientos y las relaciones humanas. Desde muy joven -siempre fue mal estudiante por demasiado curioso y avispado- lo sedujeron la lectura y el periodismo. Su padre, un gran abogado de la ciudad húngara de Kaschau (hoy en Eslovaquia con el nombre de Kosice), le permitió salir al extranjero en cuanto tuvo edad de estudiar. Hasta los 23 años, cuando se casó con una mujer judía y de acaudalada familia burguesa, "Lola", a la que amó intensamente y con la que convivió hasta la muerte de ella, sesenta años después, Márai residió en Budapest y en varias ciudades alemanas (su lengua materna era el húngaro, pero dominó desde pequeño el alemán), Leipzig, Weimar, Múnich y Berlín, que fueron sus escuelas de vida y sabiduría. Allí pasó unos años de aprendizaje bohemio, entre escritores y cafés de artistas, ganándose el sustento con la escritura de artículos periodísticos, crónicas, prosas breves y poemas. Unos años en París, durante la dictadura de Horthy, lo hicieron popular en Hungría gracias a las crónicas que enviaba desde el extranjero. En los años treinta se estableció en Budapest y, obsesionado por el trabajo, comenzó a producir novela y teatro, de modo que en los cuarenta gozaba ya de fama extraordinaria, casi comparable a la de Thomas Mann o Stefan Zweig. Cada nueva obra suya era un éxito de ventas, se traducía a todos los idiomas cultos (incluso al castellano hubo traducciones tempranas que hoy son desconocidas). Márai disfrutaba de una vida acomodada, conducía un automóvil y vivía en una amplia y hermosa casa.

Cuando los nazis accedieron al poder en Alemania, el escritor húngaro fue uno de los primeros en oponerse abiertamente a Hitler con contundentes artículos. Enseguida vio lo que se le venía encima a Europa, por un lado, con Hitler y, por otro, con Stalin. Sin embargo, a él la crueldad de la guerra no le tocaría de lleno hasta 1945. Después de la invasión alemana de Hungría, frente a tantas atrocidades perpetradas por los invasores secundados por fascistas húngaros, Márai escribió en su diario: "De hecho, los alemanes son magos. Han acertado a realizar el milagro de que cualquier ser humano decente espere honestamente y lleno de anhelo a los rusos, a los bolcheviques que llegan como libertadores". Estos "libertadores" no se metieron con él de momento, dada su fama. Pero con la ocupación soviética de Hungría y con el establecimiento del régimen comunista, la estrella de Márai comenzó a declinar. Tachado pronto de escritor "decadente y burgués", aquel europeo individualista y cosmopolita, de ideales humanistas, jamás pudo plegarse a la uniformización colectivizada que aceptaban la mayoría de sus colegas, y en 1948 abandonó Hungría definitivamente para instalarse en Italia.

El desmoronamiento político y moral de su patria bajo el yugo comunista y la vida errante que llevó junto a su esposa durante las últimas décadas de su vida -terminaron instalándose en Norteamérica, en Nueva York y, finalmente, en San Diego- contribuyeron al aislamiento de Márai. Continuó escribiendo diarios y alguna otra novela, y gracias a sus colaboraciones radiofónicas con la emisora Radio Europa Libre su voz llegaba a menudo al otro lado del "telón de acero", pero la vejez y la pérdida paulatina de sus seres queridos minaron su espíritu hasta agotarlo por completo. Cambió el régimen en su país y Márai volvió a ser reconocido, recibiendo ofertas para regresar a la patria, pero ya era tarde. Se disparó un tiro en la cabeza en cuanto supo que ya sólo podría seguir viviendo ingresado en un hospital y dependiente del cuidado de otras personas. Poco después de su muerte caía en 1989 el muro de Berlín.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de noviembre de 2005

Cristina Peri Rossi / Viacrucis



Cristina Peri Rossi
BIOGRAFÍA

VIACRUCIS

Cuando entro 
y estás poco iluminada 
como una iglesia en penumbra 
Me das un cirio para que lo encienda 
en la nave central 
Me pides limosna 
Yo recuerdo las tareas de los Santos 
Te tiendo la mano 
me mojo en la pila bautismal 
tú me hablas de alegorías 
del Viacrucis 
que he iniciado 
-las piernas, primera estación- 
me apenas con los brazos en cruz 
al fin adentro 
empieza la peregrinación 
nombro tus dolores 
el dolor que tuviste al ser parida 
el dolor de tus seis años 
el dolor de tus diecisiete 
el dolor de tu iniciación 
muy por lo bajo te murmuro 
entre las piernas 
la más secreta de las oraciones 
Tú me recompensas con una tibia lluvia de tus entrañas 
y una vez que he terminado el rezo 
cierras las piernas 
bajas la cabeza 

Cuando entro en la iglesia 
en el templo 
en la custodia 
y tú me bañas 




martes, 15 de agosto de 2017

Héctor Aguilar Camín / Lamento mexicano

Pareja cruzando la calle
Centro histórico, Ciudad de México, 2017
Foto de Triunfo Arciniegas

Lamento mexicano

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad



Lamento mexicano
EULOGIA MERLE

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.
Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.
He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Héctor Aguilar Camin / Los dos Rulfos




Los dos Rulfos

El escritor no quería escribir más, se decía, porque temía caer del peldaño que había alcanzado con sus obras maestras


HÉCTOR AGUILAR CAMÍN
16 MAY 2017 - 15:46 CDT





Juan Rulfo 100 años
Un hombre pasea frente a un mural con una imagen de Juan Rulfo en Tuxcacuesco (México).  EFE

Pienso en Rulfo y oigo las primeras palabras de Pedro Páramo. Pienso entonces, mexicana y sacrílegamente, que son mejores que las primeras de El Quijote.
Son estas:
"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo".

Reina Roffé / “De Rulfo tomé las tijeras de podar”



La escritora Reina Roffé.
La escritora Reina Roffé. LEO LA VALLE (EFE)

Reina Roffé

“De Rulfo tomé las tijeras de podar”

La escritora argentina responde el carrusel de preguntas de este diario

JORGE MORLA
Madrid 8 JUN 2017 - 14:32 COT
Un nombre propio destaca en la bibliografía de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951): Juan Rulfo. Al esquivo e inabarcable autor mexicano la novelista y ensayista dedicó libros como Juan Rulfo: Autobiografía Armada o Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Su acercamiento más ambicioso al de Jalisco, sin embargo, fue su Biografía no autorizada, que ahora la editorial Fórcola reedita coincidiendo con el centenario del escritor que fotografió con letras el páramo mexicano.

lunes, 14 de agosto de 2017

García Márquez / Las glorias del olvido

W. Somerset Maugham, 1946
Bernard Perlin

Las glorias del olvido


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
5 OCT 1983



Una de las injusticias de la literatura es que no existe una clasificación escalonada de los escritores de acuerdo con su calidad. En música se sabe que hay un paraíso más alto, donde están sentados para siempre Juan Sebastián Bach, Mozart, Beethoven, Bartok -y tal vez los Beatles-, pero hay todo un olimpo de compositores de segunda, y aun de tercera categoría, que escuchamos y admiramos a pesar de la certidumbre de que no son eternos. Ocurre lo mismo con los pintores. No hay más que pasearse por los museos del- mundo para darse cuenta de que junto a Goya y Velázquez, junto a Leonardo y Botticelli, junto a Rembrandt y Picasso, hay muchos colgados en la antesala de la eternidad que sin duda merecen estar donde están, pero en niveles distintos. En literatura no: o se es un escritor de primera línea o uno no encuentra donde ponerlo, y no sólo en los innumerables compartimentos del corazón, sino ni siquiera en los estantes de la biblioteca. En ese. sentido, el criterio más justo es el del mundo del boxeo: hay pesos pesados, pesos welter, pesos medios, pelos mosca, y cada, cual, disfruta de una gloria universal dentro de sus límites respectivos. En literatura, en cambio, sólo los pesos pesados van al cielo.Hablábamos de esta injusticia la otra noche con el escritor Pedro Gómez Valderrama, a propósito de un escritor que ambos admiramos sin ningún pudor, a pesar de ser conscientes de que no es uno de los más grandes: Somerset Maugham. El problema es dónde ponerlo. Sus novelas, que le hicieron famoso, sobre todo por sus adaptaciones al cine, no merecen ni un recuerdo piadoso. En cambio, hay un mundo de tesoros ocultos en sus casi 300 cuentos, muchos de los cuales no son más que obras maestras. Curioso: igual cosa ocurre con Hemingway, y sin embargo no nos cabe ninguna duda de que es y tal vez seguirá siendo para siempre una estrella de la primera división. Maugham, al contrario, es un autor que se olvida, aunque se sabe de la existencia de grandes lectores, críticos respetables y escritores consagrados que quisieran subirlo a un piso más alto, pero no se atreven. Así como. hay muchos que lo siguen leyendo en secreto, y hasta algunos escritores que siguen nutriendo con la lectura la propia obra, y sin embargo lo niegan en público más de tres veces y mucho después de que ha cantado el gallo.

Los escritores misteriosos

Felisberto Hernández


Los escritores misteriosos

El libro de Néstor Sánchez, 'Nosotros dos-Siberia blues' recuerda a los autores misteriosos

¿Puede un escritor marginal competir con los grandes autores por un lugar en la memoria?


J. ERNESTO AYALA-DIP
21 FEB 2012 - 11:14 COT

Hay grandes maestros en la novela y en el campo de la poesía de todos los tiempos. Maestros reconocidos con obras perdurables. Homero con Virgilio, Cervantes con Shakespeare compiten por milímetros de diferencia en la cantidad de gloria alcanzada durante siglos. Entre Balzac y Dickens ocurre otro tanto. ¿Pero podría un escritor como el francés Marcel Schwob, por citar un ejemplo incontestable de literatura marginal competir con todos ellos por un lugar de honor en la memoria literaria del mundo? Un lugar tiene pero tan pequeño, que no sólo puede osar arrebatarle a ninguno de aquellos maestros una fracción de segundos de atención sino que es hasta posible que no falten quienes lo consideren un producto de la genial inventiva de Borges. Precisamente estos días sale a la venta El libro de Monell, libro del que Borges tantas maravillas nos habló. Porque Schwob no sólo no es un invento suyo sino que sin él (y otros pocos, más la Enciclopedia Británica, según exponía en un ensayo Alan Pauls), hoy no concebiríamos la obra del maestro argentino como la concebimos. Marcel Schwob es un hoy un famoso desconocido: un escritor secreto, como esa hueste de ilustres desconocidos que tanto venera y difunde Enrique Vila-Matas como parte constitutiva de su programa estético.

Jean Rhys / El ancho mar de los sargazos


Jean Rhys
BIOGRAFÍA
EL ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS

A principios de los años cuarenta del pasado siglo, Jean Rhys leyó por primera vez Jane Eyre, la famosa obra de Charlotte Brontë, y decidió rendir su peculiar tributo a la gran autora inglesa imaginando ella también la historia de una mujer tentada por la locura. Fue así cómo nacieron las primeras páginas de Ancho mar de los Sargazos, la novela que por fin, ya en el año 1966, concedió a Rhys el aplauso unánime de la crítica y el público.Hija de un tiempo lejano, obligada a vivir entre las cuatro paredes de unas mansiones siniestras y rodeada por la vegetación lujuriosa de Jamaica, Antoinette Cosway es una mujer que busca crear un mundo propio, a medias entre los modales distinguidos de su familia británica y las vidas misteriosas de los isleños, que llenan la casa de canciones extrañas y conjuros maléficos. Un joven inglés, atraído por la perversa ingenuidad de Antoinette, arriesga su fortuna y su buen nombre casándose con ella, pero después del matrimonio empiezan a circular inquietantes rumores sobre el comportamiento de la esposa. Los fantasmas acechan, y la escritura de Jean Rhys les da cuerpo y voz para poder contar esas emociones que asoman de repente bajo los faldones de la decencia.

domingo, 13 de agosto de 2017

Charles Simic / Motel Paraíso



Charles Simic
MOTEL PARAÍSO



Habían muerto millones, inocentes todos.
Yo me quedé en mi cuarto. El presidente
hablaba de la guerra como de una poción de amor.
Los ojos se me abrían del asombro.
Mi cara en el espejo me parecía
una estampilla con dos sellos.

Vivía bien, pero la vida era horrible.
Había tantos soldados ese día,
tantos refugiados que llenaban las calles.
Naturalmente, al tocarlos con la mano
desaparecían todos.
La historia se lamía las comisuras de su boca ensangrentada.

En el canal de pago, un hombre y una mujer
intercambiaban besos voraces y se arrancaban
la ropa entre ellos mientras yo los miraba
sin volumen y con la habitación a oscuras
excepto por la pantalla donde el color
tenía demasiado rojo, demasiado rosa.



Jane Austen / Dinero y matrimonio

Jane Austen: dinero y matrimonio

Más allá de los romances que recorren sus novelas, los libros de la escritora trazan una historia económica de Inglaterra






Ilustración de Hugh Thomson de una escena de la novela 'Sentido y sensibilidad'.
Ilustración de Hugh Thomson de una escena de la novela 'Sentido y sensibilidad'. GETTY

Las novelas de Jane Austen hablan de amor y dinero. Esa es una de las razones de que esté en la lista de los autores decimonónicos más leídos. Desde su muerte a los 41 años —acaban de cumplirse dos siglos de su fallecimiento—, el culto a la escritora no ha dejado de crecer. “Su lugar y significado en la cultura también han cambiado a medida que la sociedad ha cambiado”, explicó en un artículo reciente The Economist. Henry James la situaba al nivel de Shakespeare, Cervantes y Henry Fielding (precisamente, Fielding y Samuel Richardson eran dos de los novelistas que más admiraba).

Amantes / ¿Para qué sirve un príncipe de Gales?

Príncipe Carlos y Lady Di


Amantes

Aparte de para tenerlas, ¿para qué sirve un príncipe de Gales y además tanto tiempo?


IÑIGO DOMÍNGUEZ
9 AGO 2017 - 17:03 COT

Unas viejas grabaciones de Lady Di han causado escándalo por una frase que le habría dicho su marido: "Me niego a ser el único príncipe de Gales que no tiene una amante”. Podemos indignarnos, pero tiene toda la razón. Va con el cargo y si a los príncipes les quitas esos extras se quedan en nada: aparte de para tener amantes, ¿para qué demonios sirve un príncipe de Gales y además tantísimo tiempo? Para ponerte faldas escocesas, premiar los cerdos más bellos del condado y poco más. No es un gran plan de vida, admitámoslo. Quizá los primeros veinte años, luego ya te debes de empezar a aburrir. No me interpreten mal, yo estoy a favor, sería triste perder estas instituciones y que un castillo de Cornualles acabe de ludoteca municipal. Es la maldición de los Windsor: aunque les pese deben continuar existiendo, también para que podamos seguir hablando mal de ellos. Es una de esas familias elegidas por la historia para llevar esta pesada carga. Estoy seguro de que las casas reales están llenas de republicanos, son los más conscientes de lo latoso e irrelevante de sus cargos, pero cualquiera lo dice. Deberíamos ser los demás quienes los salváramos, pero les tenemos demasiado respeto. Una maldición, ya digo. Ser rico puede ser muy duro, uno busca razones para levantarse por la mañana y no las encuentra. Entonces se le ocurren las más peregrinas. Como a Neymar, te mueve el corazón y no el dinero, o Dios mismo.

Andrea Aguilar / Larga vida al desorden


Larga vida al desorden

El orden no es sinónimo de limpieza, con frecuencia no resulta eficiente y puede ser un obstáculo para la creatividad




Imagen del despacho en Princeton de Albert Einstein tomada en 1955, apenas unas horas después de la muerte del físico.
Imagen del despacho en Princeton de Albert Einstein tomada en 1955, apenas unas horas después de la muerte del físico.  LIFE PICTURE COLLECTION / GETTY





"Si un escritorio abarrotado es síntoma de una mente abarrotada, ¿de qué es síntoma, entonces, un escritorio vacío?”. Esta cita ha sido recurrentemente atribuida al premio Nobel de Física Albert Einstein y, aunque resulta embarazoso decir esto, estimado padre de la física cuántica, lo que a menudo se esconde debajo de una mesa atiborrada son kilos de culpa, y lo que emana de un escritorio limpio y despejado es un aire de superioridad moral.Ser ordenado es lo correcto, lo socialmente aceptado. El orden es una omnipresente obsesión contemporánea que ha llenado las tiendas de secciones de organizadores para cocinas, dormitorios, espacios de trabajo; y los teléfonos y ordenadores de aplicaciones que facilitan la tarea de sistematizar el caos que inunda nuestros días. Pero ¿el orden de verdad nos hace mejores?